Nuestros silencios eran tan largos, se me quedaban tantos pensamientos enredados entre los dientes cuando me dejabas con la palabra en la boca, que comencé a escribir en un cuaderno las cosas que nunca te dije. Conversaciones que nunca tendríamos, aunque cada día, en el camino del trabajo a casa, repasara el discurso de memoria.
Al principio apuntaba frases sueltas, algunos reproches serios, pero sobretodo detalles que leídos así, medio sueltos, no parecía que tuviesen mayor importancia. Cuanto menos hablábamos, más páginas escribía; la historia de lo que siempre debimos ser, la fórmula que nos hubiese permitido ser felices, estaba plasmada allí, sin incógnitas. Solo que ya no había forma de hablar, porque al secarse el corazón se nos había cosido la boca, no sé si antes después, o qué cosa condujo a la otra.
Pronto escribir se convirtió en una obsesión, ya ni siquiera intentaba compartir mis pensamientos, tenía la convicción de que yo no acertaría a contarte o que tú no entenderías, mientras las palabras se ordenaban sobre el papel como si hubiesen estado escribiendo de nosotros toda la vida.
Un día te vi hacer las maletas, no cogiste nada de la habitación, pero tuviste que sentarte sobre ellas para ceñir las correas. Cuando bajabas por las escaleras, el fondo de una de las bolsas cedió y una docena de cuadernos se desparramaron por las baldosas, ni siquiera te diste la vuelta. Todas las libretas tenían el mismo título escrito en la cubierta: Las cosas que nunca me dijiste. Al salir por el portal, una bocanada de aire subió por el hueco de la escalera, como si alguien hubiese perforado un bote de conservas.
Las cosas que nunca te dije
This entry was posted on lunes, marzo 20, 2006. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. You can leave a response.
Publicar un comentario