Camilo

La vida del señor Camilo parecía tan predecible como el letrero de su negocio: “Panadería Camilo”. Eso era lo único que podía ver desde la ventana de mi celda, el único entretenimiento en cuatro años de prisión, así que después de los primeros seis meses pasé a considerarlo mi vecino. Al fin al cabo, mi vida era tan predecible como la suya, y eso une mucho.
Levantaba la persiana hacia las cuatro de la mañana y media hora más tarde nos despertábamos los dos con el ruido de su horno. Mi vecino salía a la calle tan poco como yo, apenas unos minutos al medio día para comer, y luego continuaba tras el mostrador hasta que daban las ocho. Cerraba la persiana, entraba en la portería de al lado y subía por la escaleras hasta el tercer piso, allí le esperaba su mujer, la misma que limpiaba el aparador limpio a diario. Todo eso podía verlo desde mis barrotes, día tras día, mes tras mes, y él tras su persiana, su horno, el mostrador y su mujer.
Por fin conseguí un permiso y lo primero que hice fue cruzar la calle y comprarle un pan a Camilo. Al poner las manos sobre el mostrador se fijó inmediatamente en el tatuaje junto al pulgar que identifica a los presidiarios, y me preguntó con desgana si era mi primer permiso. Contesté afirmativamente y cerró los párpados como le había visto plegar la persiana durante años. Al darme el cambio vi que se había tatuado tres panes junto al pulgar, nos miramos con complicidad y me dijo: “vecino, a veces la jaula es aún más grande al otro lado de los barrotes”.

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