El cambio de la ropa de invierno por la de verano se vivía en mi casa como una ceremonia. Las mujeres abrían las ventanas de par en par, mudaban las sábanas de franela por las de algodón y guardaban la ropa de lana en una maleta que iba a parar al altillo.
Mi madre envolvía las mejores prendas en un papel de cebolla y colocaba bolitas de alcanfor en los bolsillos. Después empaquetaba las camisas ajadas, los suéter con bolas, los pantalones con parches, y se los enviaba a mis primos de Badajoz. De ese modo comencé a sentir celos de mis primos, a los que yo consideraba los niños más afortunados del mundo porque vestían todo el año con mis prendas preferidas.
Un mes de diciembre llegaron a Madrid para celebrar las navidades con nosotros, y al bajarse del tren descubrí que llevaban mi ropa favorita de verano. Habían zurcido la camiseta de Naranjito y al pantalón del chándal le había puesto un parche de Bultaco, pero sin duda eran los míos.
Mi madre intentó explicarme que eran pobres y no tenían más ropa, pero yo no caí en el engaño. Mis primos debían ser las personas más ricas del mundo, porque según mi padre los ricos podía hacer lo que quisieran, y aquello de vestir a su aire en cualquier época del año, sin duda era lo máximo.
Ropa usada
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