Entré en la cocina con la intención de quitarme la vida, abrí el cajón de los cubiertos y saqué el cuchillo más afilado. Me ataqué el brazo como si fuera un violín, pero me tembló el pulso y le asesté un puyazo al jamón. Cayó una loncha limpiamente, tan fina y jugosa que se me inundó la boca y tuve que hacerme un bocadillo.
Qué jamón, me decía interiormente, si parece que se deshace en la lengua. Y ese tomate en el pan, y ese chorrito de aceite, con ese puntito de sal que da el jamón de jabugo.. Al llegar a la mitad del bollo me entraron unas ganas inmensas de vivir, pero en uno de los últimos bocados tiré del jamón con el colmillo y dejé el mendrugo más seco que el ojo de un tuerto. Se me calló el alma al suelo, y me metí una mojada en la panza que se asustó hasta el cuchillo.
Archive for marzo 2006
La muerte y el jamón
LA vuelta del aparcero
El padre de mi amigo Antonio vuelve al pueblo cada año por vacaciones, y lo primero que hace es darse un paseo para comprobar cómo han cambiado las cosas.
Siempre descubre una calle nueva, el edificio que han levantado sobre la antigua botica de Don Andrés o lo mucho que ha prosperado el comercio de Muñoz Fernández.
Antes de volver a casa hace un alto en la tasquita del 'Bicho' y se sienta al fondo con un chato de vino sobre la mesa. Espera allí hasta pasadas las doce, cuando se deja caer Don Aureliano Canales, al que encuentra más viejo, más sólo y con menos Don, pero igual de soberbio que en los años de la posguerra.
Aquel señorito terrateniente reunía a los mozos en la plaza del pueblo y elegía a sus aparceros golpeándoles con una vara en el hombro. Entonces soñaba con volver un día y hacerle tragar el bastón, pero hoy se contenta con sentarse en la mesa de al lado, mirarle a los ojos y decirle al 'Bicho' que le sirva al Aureliano una botella de manzanilla, que paga el señor.
Aureliano Canales quiere reconocer la cara del que le convida, pero no recuerda, y le da las gracias con la cabeza mientras el padre de mi amigo Antonio desaparece por la puerta. Sabe que el viejo anda tocado del hígado y tiene prohibido el alcohol, por eso sonríe al torcer la esquina y susurra entre dientes: Así reviente el cabrón.
Rubén Blades
Nada más subir al metro de Nueva York me encontré con Rubén Blades. Pantalón de lino, pañuelo al cuello y un sombrero ladeado, me fui para él y le saludé con un ¡Hola Rubén, encantado! Tendí la mano buscando sus ojos tras las gafas, pero él no copió la cortesía.
Justo cuando retiraba la mano, Rubén me enseñó una pieza de oro de su media sonrisa, se inclinó hacia mí y me asestó un navajazo en la barriga que se asustó hasta el cuchillo.
Tapé el siete con un pañuelo y me retiré al fondo del vagón. Disculpa Pedro, le grité mientras se apeaba, te había confundido.
El encierro
Queridos mozos,
Hoy no he podido ver el encierro, porque esta empresa opresora para la que me prostituyo me obliga los viernes a comenzar el servicio una hora antes. Sin embargo, he aprovechado el trayecto en metro (dejé la moto) para protagonizar un encierro memorable.
Entrando a la boca del metro he cogido un periódico de esos que regalan, lo he doblado convenientemente y me he ajustado los cordones de las zapatillas. He estado calentando durante todo el trayecto desde Maragall a Sants, haciendo estiramientos, esprintando por el vagón. Llegando a la parada, me he girado hacia un gordo con barba y le he cantado tres veces, encomendándome al santo patrón. Después se han abierto las puertas y ha comenzado el encierro. Todo el pasillo de Sants, trasbordo de una a otra línea, conduciendo a los cientos de morlacos que caminaban hacia coso laboral.
He repartido golpes de periódico por doquier, algunas, las más bravas, se giraban apuntando al pecho con sus pitones, pero en general había mucho cabestro y bastantes mansos.
En la esquina de la línea verde con la roja se me ha cruzado un mozo y casi me empitona un bicho de 600 kilos. Tenía más cara de gorrino, pero a mí no me engaña, ese estaba toreado. Me he ceñido a una papelera, le he dado un quite prodigioso con la chaqueta y el muy resabido no ha cogido el engaño. Los pitones me han pasado rozando el pecho y cuando ya pensaba que estaba a salvo, me ha atizado una hostia con la mano abierta, arrebañándome el pescuezo.
Por fortuna me he rehecho, y ayudándome con el periódico he conducido a toda la manada hasta los vagones de la línea roja. Allí he cogido el capote y los he me metido por la puerta del chiquero con lances que han puesto de puntillas al respetable. Una chicuelina, una larga cambiada enlazada con media verónica y rematando por gaoneras. Todo el andén puesto de pie y pidiendo el justo premio de las dos orejas.
Sabe Dios que yo no quería, y doy fe de que lo he pasado mal cuando el público ha saltado al ruedo y le ha cortado el rabo a un pobre oficinista de 40 años. Por no hacerles un feo, me he tenido que venir al trabajo con la verga de ese infeliz guardada en el bolsillo. A ver qué hago yo con esto.
La soga
Mi Antonio dormía cada noche con una soga bajo la almohada. Por la mañana, mientras desayunábamos en la cocina, señalaba una encina del parque y me recordaba: "si algún día no llego a la hora de comer, estaré allí colgado". Después guardaba la cuerda en el maletín, apuraba el café de un sorbo y salía hacia el trabajo.
Aquella mañana me entretuve cocinando una pata de cabrito y se me fue el santo al cielo. Cuando vi que pasaban diez minutos de las dos, le di la espalda a la ventana de la cocina y me senté en el comedor. Llamé a mi hijo y le dije que fuese a buscar a su padre al parque. Cuando descolgaron el cuerpo de mi esposo ya estaba vestida de luto.
Teléfonos de segunda mano
Al comprar el piso me dijeron que la forma más económica de instalar una línea telefónica era acordar un cambio de nombre con el anterior propietario. La inmobiliaria me ayudó en la gestión y a los pocos días ya recibía llamadas en mi número de segunda mano. Casi todas buscaban contactar con el antiguo inquilino, Marcos Maldonado, lampista de profesión y con un negocio viento en popa.
Como aún nos quedaban por resolver unos flecos del contrato, yo le tomaba los recados como un secretario, esperando poder transmitírselos en la próxima reunión. Sin embargo, una tarde encontré en el contestador el mensaje de la tía Mercedes, no la mía, sino la suya, avisando a Marcos de que el tío Luís estaba en las últimas. Solicité a la inmobiliaria el teléfono del señor Maldonado, adopté un tono afectado, y le avisé de que su tío Luís había sufrido un achaque.
El tío Luís no duró más que unos días, porque al poco me dejaron un mensaje en el contestador los parientes de Burgos. No sabían dónde estaba el tanatorio de Barcelona y querían llegar a tiempo para darle sepultura. De nuevo llamé a
Maldonado, pero debía estar en el velatorio, así que me vi en la obligación de llamar al teléfono que habían dejado los primos de Burgos. Como no conocían la ciudad, yo mismo les acompañé al cementerio, allí encontré a Maldonado, al malogrado tío Luís y a toda la familia de Burgos y Segovia, a los que me presentaron como un amigo. Desde entonces se ha estrechado nuestra relación, nos llamamos el día uno para desearnos un feliz año nuevo y también por los cumpleaños.
Curiosidad
A diario desayuno en el mismo bar, un zoológico urbano en el que se mezclan empresarios que mojan el meñique del cruasán con elegancia, albañiles con bocadillos envueltos en papel de plata y los primeros borrachos del día, los que empiezan con el sol y se acaban bebiendo hasta la sombra.
Ninguno de ellos parece escuchar el timbre del teléfono público que está colgado junto a la barra, suena insistentemente de 8.30 a 8.35 minutos de la mañana, cada día, con la misma puntualidad que el panadero sirve las barras y el ciego se instala con los cupones junto a la puerta de la cafetería.
Ayer me pudo la curiosidad y decidí descolgar el teléfono. Contesté con un "¿Sí?" bastante tímido, y recibí por respuesta un seco "gilipollas". Miré a mi alrededor por sí alguien me estaba observando, todos seguían enfrascados con el cruasán o el salchichón, dejé el teléfono en su sitio y me escurrí hacia la puerta. Hoy he pasado de largo.
El paraguas de Bautista
Lo cierto es que el señor Bautista nunca salía a la calle sin su paraguas, y eso debían saberlo los mayores que habían compartido vecindario durante 40 años. Sin embargo, durante los últimos meses se había producido una curiosa coincidencia: cuando el señor Bautista salía a pasear con su paraguas, nunca llovía.
Calzado en unos pies torpes y con la espalda de media luna, Don Bautista no abandonaba su vivienda más que para las cosas imprescindibles, básicamente comprar tabaco, del resto se ocupaban sus hijos. Tres o cuatro días por semana se le podía ver por el paseo que conduce al Estanco, siempre apoyado en aquel paraguas con el mango nacarado que, a falta de lluvia, empleaba como bastón. ¿A dónde va con el paraguas con el sol que hace?, le preguntaban los vecinos, y don Bautista respondía “a ti qué carajo te importa”.
Sería por aquellos desaires, al fin y al cabo cosas de viejos, o quizás porque las personas se vuelven irritables cuando la lluvia no limpia el ambiente, pero alguien tuvo un mal presentimiento que relacionaba el paraguas del señor Bautista con la ausencia de nubes. El chisme fue prendiendo entre el vecindario como una chispa en un bosque de verano, cada cual abonaba con presunciones la ya indudable mala sombra de don Bautista, y al fin tomaron una determinación: había que robarle el paraguas al viejo.
Previsible como era el anciano, la operación fue sencilla. Aprovecharon un viaje al Estanco para fingir un encontronazo, uno de ellos topó con el abuelo, otro chutó el paraguas hacia la calzada y los coches hicieron el resto: uno tras otro pisotearon las varillas y el mango nacarado hasta que la sombrilla quedó como un colador. Don Bautista asistió al destrozo con ojos de espanto, se quedó allí plantado como un ciego en la puerta de un cine, y no supo reaccionar hasta que escuchó el primer trueno. Aligeró el paso cuanto pudo, incluso adelantó a los vecinos que ahora se divertían al verle desarmado, pero no llegó a tiempo. Una intensa lluvia comenzó a barrer las calles y el señor Bautista no encontró resguardo, el agua le mojó la frente, después el pecho y finalmente los pies. Las gotas desvanecieron su color, la pintura de los ojos se corrió arrastrando la sonrisa hasta el suelo, y poco a poco se fue arrugando, derramándose como una mancha sobre la acera, porque don Bautista era de papel.
El enjugador de lágrimas
El hombre enjugador de lágrimas decidió poner fin a su contrato con el mundo de las cosas previstas. Se introdujo en la botella de las frases que nunca se dicen, y armado con una fregona, se encargó de secar el suelo bañado por una sopa de letras.
Al final de la jornada tenía que entregar en la oficina de palabras perdidas todas las que había recogido en su palangana, pero él se guardaba en el delantal las letras que nadie quería, las que habían quedado sueltas. Por las noches, cuando nadie le veía, juntaba las piezas e inventaba palabras como Azulame o Lucirel, según la recolecta, y en un mundo imaginario, a miles de sueños de allí, nacía una niña preciosa con ojos de fresa, digna de llevar ese nombre, o alguien inventaba una vacuna llamada Lucirel, capaz de erradicar para siempre la soledad y la tristeza.
La foto
En el primer intento, el transeúnte nos cortó las cabezas, en el segundo consiguió un recuerdo: Madrid de fondo, gente a nuestro alrededor, tú camiseta gris, yo pantalones cortos, y una sonrisa a la que siguió un beso, aunque eso ya no se puede ver en la foto.
Te va a parecer extraño, pero aún llevo el retrato en la cartera. Acostumbro a mirarlo casi a diario, es la única forma de acercarme a ti que conozco.
Más bien de acercarme a nosotros, porque hasta este momento, nada había cambiado en la foto. Sin embargo, hace un instante la imagen ha comenzado a moverse, la gente ha recobrado el paso junto a nosotros. Tú y yo seguíamos parados. Después ha aparecido un taxi, igual a aquel otro en el que te vi guardar las maletas, pero esta vez se ha ido sólo.
Tú y yo hemos permanecido juntos hasta que se ha hecho de noche. Lamentablemente, no había alumbrado público en aquella calle de Madrid y sólo he podido ver algunos destellos de nuestra silueta cuando pasaban los coches. Al salir el sol me había quedado solo.
Pese a tu desaparición, yo seguía con mi estúpida sonrisa y los pantalones cortos. Pasaban los coches, los perros, personas, pasaban las horas y no había rastro de ti a mi alrededor. Por fin me ha parecido reconocerte al fondo, justo en la otra acera de la calle, en la parte superior derecha de la foto. Caminabas lentamente hacia el centro de la imagen cuando has parado a un transeúnte para que te hiciera un retrato. Entonces te he visto abrazarte a otro hombre, el fotógrafo ha disparado dos veces y en la segunda el destello del flash me ha cegado. Un segundo después, yo ya no estaba en la foto.
Las manos
Tomé un sorbito de café mientras le cambiaba el filtro a la cafetera. De tanto sudar por los costados, el café había dejado una costra negra que se resistía a las friegas de nanas y mistol.
Después recogí la cocina y limpié los mármoles con desengrasante. El producto irritaba como la cebolla y me dejó las manos tan ásperas que podía frotar sin estropajo. La piel se reblandeció otra vez cuando la puse en remojo en la taza del váter. Limpié todo el baño con lejía, fregué el suelo con abrillantador y borré las huellas de las ventanas con un líquido limpiacristales.
Dos horas después, mis manos habían envejecido diez años. Las unté de crema y, de repente, cobraron un olor familiar. Un aroma que me recordaba a cuando era niño, como el olor a cordero que sube los domingos por el patio de luces, o el perfume a jazmín del patio de mi abuela.
Aquella mezcla de lejía, mistol, crema y desengrasante me resultaba extrañamente agradable. Olía como mi vida, como mi casa, porque aquel era el olor de las manos de mi madre.
Luciérnagas rojas
Omar y Rashid parecen cerillas corriendo sobre una lija. La tierra del suelo arruga el aire como el aceite hirviendo, pero los chiquillos no dejan de correr tras la pelota. Aparecen tras una casa de adobe y se pierden detrás de la otra, en un nudo de piernas, sudor y empujones. Como siempre es un partido sin porterías, compiten por mantener el balón entre los pies, y el partido acaba cuando ya no pueden más, en una posesión final que gana el que consigue sentarse sobre la pelota.
Hoy ha ganado Rashid, que descansa sobre su trono de cuero mientras el sudor le derrite una cara de chocolate. De repente algo llama su atención, un par de luciérnagas rojas que se acercan hacia ellos, bailando sobre el calor.
Nunca había visto luciérnagas de día, y de hecho tampoco nunca las había visto rojas, por eso Rashid y Omar las miran con ojos de red y de trampa.
Las luciérnagas siguen paradas en el mismo punto, agitándose nerviosamente sobre la arena. Los chavales se han levantado lentamente y se acercan hacia ellas con sigilo, como han hecho otras tantas veces para cazar saltamontes.
Pero las luciérnagas son mucho más rápidas que los cigarras, y de repente una salta sobre el tronco de un árbol mientras la otra se posa sobre la pared de una casa. Omar y Rashid se hablan con la mirada, tú vas a coger esa y yo me ocupo de la otra. Omar le lanza tres ataques por la espalda, pero la polilla parece ver sus intenciones y salta de un lugar a otro evitando la emboscada. Rashid se mantiene a la espera, concentrado en el compás del insecto, buscando un punto por el que pase dos veces para tener la mano cargada cuando llegue tercera, y por fin lanza un revés que acierta de lleno a la bombilla roja.
-¡La has matado¡-, le dice Omar, -¡eres un bestia¡. Rashid sigue con la mano pegada al tronco, esperado alguna sensación que no llega, un roce, un zumbido, unas alas que le hagan cosquillas. Nada. Al levantar la mano no hay nada, se giran rápidamente y las encuentran un par de metros más allá, enredadas en una baile burlón de tú-no-me-coges.
Se desata entonces una carrera alocada de fintas y pisotones, patadas al aire y manotazos sin suerte. La caza se ha convertido en un reto, pero sobretodo en una diversión, tanto que Omar y Rashid han dejado olvidado el balón e intentan contener la risa porque la fuerza se les va por la boca.
Después de unos minutos de persecución, las luciérnagas deciden cambiar de estrategia y corren hacia los chiquillos, que se quedan clavados sobre la arena. -¡Van hacia ti¡-, le dice Omar a Rashid, -no te muevas, estate quieto que son tuyas. Efectivamente, las dos luces avanzan lentamente hacia Rashid, que sigue sus movimientos con atención: se acercan a los pies, ascienden por sus tobillos hasta las rodillas, y de allí pasan a las palmas de las manos.
Rashid las extiende hasta formar una cruz, y por primera vez sonríe mientras dedica a su amigo una mirada de poder y satisfacción: -Mírame Omar, soy un domador de luciérnagas, mira como bailan sobre mis manos.
Las bombillas rojas parecen dominadas por Rashid, juega con ellas como si las tuviera hipnotizadas, aplicándose en un baile extraño y fascinante que mantiene a Omar con la boca abierta. Un segundo después parece que los insectos despiertan, desatienden el compás que marca Rashid y comienzan a danzar por el pecho y el cuello, para posarse finalmente, una junto a la otra, entre medio de las dos cejas.
Omar no pueden contener la carcajada por la ocurrencia de las luciérnagas, justo cuando suenan dos disparos y la cabeza de Rashid estalla frente a lo ojos de Omar, sobre sus dientes blancos y la frente sucia, sobre el pecho descubierto y las cuentas de su collar. La sangre se coagula antes de llegar a la tierra. La pelota olvidada, teñida de rojo, casi parece un corazón.
Las cosas que nunca te dije
Nuestros silencios eran tan largos, se me quedaban tantos pensamientos enredados entre los dientes cuando me dejabas con la palabra en la boca, que comencé a escribir en un cuaderno las cosas que nunca te dije. Conversaciones que nunca tendríamos, aunque cada día, en el camino del trabajo a casa, repasara el discurso de memoria.
Al principio apuntaba frases sueltas, algunos reproches serios, pero sobretodo detalles que leídos así, medio sueltos, no parecía que tuviesen mayor importancia. Cuanto menos hablábamos, más páginas escribía; la historia de lo que siempre debimos ser, la fórmula que nos hubiese permitido ser felices, estaba plasmada allí, sin incógnitas. Solo que ya no había forma de hablar, porque al secarse el corazón se nos había cosido la boca, no sé si antes después, o qué cosa condujo a la otra.
Pronto escribir se convirtió en una obsesión, ya ni siquiera intentaba compartir mis pensamientos, tenía la convicción de que yo no acertaría a contarte o que tú no entenderías, mientras las palabras se ordenaban sobre el papel como si hubiesen estado escribiendo de nosotros toda la vida.
Un día te vi hacer las maletas, no cogiste nada de la habitación, pero tuviste que sentarte sobre ellas para ceñir las correas. Cuando bajabas por las escaleras, el fondo de una de las bolsas cedió y una docena de cuadernos se desparramaron por las baldosas, ni siquiera te diste la vuelta. Todas las libretas tenían el mismo título escrito en la cubierta: Las cosas que nunca me dijiste. Al salir por el portal, una bocanada de aire subió por el hueco de la escalera, como si alguien hubiese perforado un bote de conservas.
Las arrugas de mi padre
Mi padre se arrugó cuando yo nací. Eso, al menos, era lo que mi madre le echaba en cara de vez en cuando. Viéndole en su butaca de cuero, con la bata de andar por casa y el periódico en las manos, parecía imposible que aquel hombre hubiese dudado jamás. De hecho, a mis ocho años, yo veía a mi padre capaz de todo, menos de dudar.
Pero se arrugó de nuevo. Estaba sentado en su trono, repasando los papeles, mientras yo leía a sus pies “el abominable hombre de las nieves”. Le pregunté el significado de abominable mientras observaba el dibujo de aquel monstruo peludo. No levanté la cabeza hasta que repetí la pregunta por tercera vez. Desde aquella perspectiva, el periódico me parecía más grande que nunca y él, más pequeño.
Saltó de la butaca con la excusa de ir al lavabo, pero le vi perderse por el pasillo en la dirección opuesta. Le encontré en la habitación de los libros, con un diccionario en las manos. Cuando me vio junto a la puerta, puso la misma cara que yo cuando me descubrían haciendo algo malo. Como si el abominable fuera yo.
Abnegación
El señor Andrés atravesó la portería caminando por fuera de los periódicos. Por la mirada de mi madre, supuse que no era la primera vez que borraba sus huellas. Al poco bajó su mujer, dejando un sello de tacón alto en el suelo.
Mi madre no siquiera levantó la cabeza. Arrodillada frente al cubo, sumergió la gamuza en el agua y borró su rastro.
-Mira-, dijo el señor Andrés señalando a mi madre, -mira con qué abnegación trabaja la chica. Al fin parece que nos salió buena-.
Lo primero que pensé es que se refería al detergente, pero mi madre sólo limpiaba con lejía y jabón lagarto.
Supuse entonces que se refería a la posición, y que aquello de abnegación debía ser como arrodillarse, pero más elegante.
Le pregunté a mi madre, pero no respondió. Por un momento, me pareció que se estaba arreglando el pelo, pero al darse la vuelta, descubrí que se estaba recogiendo las lágrimas con una horquilla. Con el delantal secó un par de gotas del suelo.
Abnegación solo podía significar una cosa: que aquel tipo era un hijo de perra.
El abrelatas
Hasta los tres años, sólo me dejaron jugar con las cucharillas. Con el tiempo me hicieron encargado de poner la mesa, y así tuve acceso a la cubertería pesada: tenedores, cuchillos y cucharas. Eso sí, cuchillos de los que no cortan. Los buenos, el del pan, el del jamón y el machete con el que mi madre serraba los huesos, estaban lejos de mi alcance.
Pero hasta esos fueron cayendo poco a poco. Tan sólo se me resistía una pieza: el abrelatas. Yo me arrimaba cada vez que se atacaba una lata de conservas, pero nada. Me moría de ganas de agarrar aquella máquina por las orejas y rebanarle el pescuezo al bote de berberechos. No se si mi madre tenía miedo de me cortara o de que le echara a perder media despensa.
Y al final me quedé con las ganas. No sé si el abre-fácil llegó demasiado pronto o yo me atreví demasiado tarde, pero cuando quise darme cuenta, la anilla se había convertido en las reinas de las latas y el abridor estaba guardado junto a la licuadora, en el armario de los electrodomésticos que nunca se utilizan.
El diccionario
El terrateniente confió a mi abuelo el cuidado de la hacienda y se fue a vivir a la capital. Lo único que le dejó como pago fue un gran diccionario ilustrado. Mi abuelo no sabía leer, así que encontró al libro una mejor utilidad: cada mañana, antes de salir hacia la finca, arrancaba una página del diccionario y se envolvía el bocadillo.
En cualquier caso, mi abuelo nunca perdió el respeto por aquel diccionario, y poco antes de su muerte, nos lo regaló a mí y a mi hermano asegurando que “algún día sería de gran valor”. Podría haber dicho utilidad, pero dijo valor, y nosotros dedujimos que aquel libro, pese a faltarle unas páginas, algún día valdría un dineral.
Como casi nunca que teníamos algo de valor, fuimos incapaces de acordar quien lo guardaba, así que lo repartimos a partes iguales. Rompiéndolo en dos mitades tocábamos a 750 páginas por cabeza, pero la primera mitad sólo incluía 8 letras (de la A a la I), y en la otra parte quedaban las 18 restantes. No nos convenció ese reparto, y entonces peleamos, una a una, cada letra del abecedario. Repartimos sin disputas las últimas letras, la V, W, X, Y y Z, porque cualquiera que fuese el valor de aquel libro, era evidente que no podía depender de aquellas iniciales con tan pocas palabras.
Luchamos duramente por las consonantes, casi llegamos a las manos en el turno de las vocales y la negociación se atascó finalmente con la primera letra del abecedario. La A tenía muchas páginas y palabras que nos parecieron muy importantes, como “abizcochado”, “aceleratriz” o “admonición”. Las peleamos una a una. Yo me quedé con la página de “acordeón”, porque siempre quise tener uno, con el “asma” que padecía desde chico y el “archimillonario” que nunca podría ser. Mi hermano se adjudicó la cuartilla de “aerolínea”, que valía por dos, porque incluía “aerofagia”, y las hojas de “austrohúngaro”, “arquero” y “arañazo”.
Al final sólo quedó sobre la mesa la página encabezada por las palabras “abyecto” y “abyección”. Antes de poder mirar su significado, mi hermano la arrancó de un tirón y me dijo que “abyecto” era lo mismo que imbécil, y que a nadie le gusta una palabra que te explica que eres imbécil, de manera que no pagarían por ello. Nunca sacamos un duro de aquel diccionario, pero el abuelo estaba en lo cierto, el libro tuvo un gran valor: aquella tarde quedó claro quien era el más abyecto de los dos.
El rastro
Pero siempre eran sus pelos, sus uñas, sus escamas, nunca los míos, como si yo no dejara huella de nuestra relación. Meses después de que se fuera, aún encontraba sus migas por la habitación. Fue entonces cuando apareció mi propio rastro: un cabello entre las sábanas, caspa en la almohada, una mancha de saliva en el colchón.
Pronto deduje que eran los ácaros. Dividimos nuestras pertenencias sin problemas, se llevó el vídeo, la lámpara que compramos en Suiza y la butaca del comedor, pero sin avisar, también se había llevado mis ácaros. La llamé indignado reclamando mis ácaros y me dijo que no tenía nada mío, ni un buen recuerdo. La realidad era más triste: ya no me querían ni los que se alimentaban de mí.