La maleta (hoy mismo)

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Al encontrar la maleta, el hombre puso cara de haber vuelto a perder. Desde hacía años, cuando la tristeza le tiraba de la sisa, cogía todas las cosas que le dolían y las metía dentro de una maleta. La foto del hijo que se fue, las medicinas que no pudieron salvar a su mujer y aquella regleta que compraron para la casita en la que iban a pasar los últimos años de su vida. No pudo ser. Así que en la maleta llevaba todo lo que había perdido, y lo quería volver a perder. Por eso se iba a los aeropuertos y dejaba sus miserias girando en la cinta de equipajes, esperando que alguien se equivocara de maleta y desapareciese para siempre con su tristeza, soñando quizás que en la maleta del otro habría una vida mejor que la suya. Pero el despistado siempre reaccionaba a tiempo y le devolvía su pasado, como había vuelto a suceder. El hombre tenía tu cara y la mía. ¿Quién no ha soñado alguna ver con olvidarse de todo y empezar una nueva vida?

El laberinto (y volver)

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Había un laberinto con tantas salidas que era imposible encontrar el camino.

La ciudad que no llega

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Le dijo llévame, anda, aunque sea la última vez. ¿Pero Teresa? Pero nada. Por última vez, y acompañó la súplica con una mirada tierna que tuvo que traspasar dos laberintos de cataratas, pestañas canosas y cristales de culo de vaso para llegar a su destino. Aún estaba esperando la mirada de vuelta cuando notó que le estiraba de la mano. Vamos. ¿Pero cómo? Pues como siempre, en autobús.
El 28 asomó por el fondo de la calle y él volvió a tomarla de la mano, como aquella arde en que fue a buscarla a casa de los señores para acompañarla de vuelta al Carmelo. En las primeras cuestas ya le había ceñido a la cadera un cinturón de yemas endurecidas por el cemento, a la altura del parque Güell grabó sus iniciales a punta de navaja en el respaldo del asiento, y llegando a la cima le deslizó un anillo en el dedo. Ahora sus manos eran un manojo de huesos y venas, pero aún conservaban la firmeza suficiente para auparla al interior del autobús y acompañarla al asiento.
Se apearon en la calle de la Gran Vista y apoyándose el uno en el otro cruzaron campo a través siguiendo la trocha que llevaba hasta las baterías antiaéreas. En torno a los viejos cañones, entre la maleza y los esqueletos de motos desguazadas, aún se distinguía la huella de las barracas, un rastro de baldosas de cocina, tazas del váter y tramos de tabiques que algún día separaron la miseria de la intemperie. Si por él fuera, aún seguirían viviendo en aquel cerro donde los pobres disfrutaban de las mejores vistas de la ciudad. Incluso cuando nació el primer niño, él seguía diciendo que debían quedarse, que tarde o temprano la ciudad treparía hasta allí con su madeja de calles, farolas y cañerías de agua corriente.
Quizás por eso no había querido volver, para no reconocer lo que ahora podía comprobar con sus ojos: que la ciudad seguía allí abajo, con su cinta de mar, sus calles trazadas con tiralíneas y la Sagrada Familia, con la ayuda de algún nuevo edificio de diseño, rompiendo el horizonte como un accidente. A lo alto del turó de la Rovira, sin embargo, nunca llegó el asfalto, ni Cerdà, ni el cartero, mucho menos un autobús que les hiciese sentir que estaban en el mapa, así que los pocos vecinos que seguían viviendo por allí y los cuatro nostálgicos que se arrimaban de vez en cuando, como ahora ellos, estaban condenados a seguir abriendo con sus pies el sendero que conduce, montaña abajo, a la parada más próxima.

Amor hermético

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Sellamos las rendijas con la ropa interior, bloqueamos las ventanas con armarios y atrancamos la puerta con un perchero. Bajamos las persianas hasta estrangular el último rayo de sol, tapamos el conducto del aire y arrancamos cualquier cable que nos conectara con el exterior. Finalmente destruimos los relojes, las sortijas, los recuerdos, hasta que sólo quedamos nosotros, por primera vez desnudos, dentro de aquel bunker construido para querernos.
Entonces me miraste a los ojos y descubrí que por aquellos túneles sin fondo, tarde o temprano, iba escaparse el amor. Definitivamente, no había forma de protegerlo.

Reciclable

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Tengo el corazón reciclable.
Lo puedes utilizar de abrelatas
cuando te canses de él,
o de piedra rompecristales.
Tengo una mano del tamaño
de tus pechos
que puede servir
de concha de los jabones.
Incluso las pestañas,
largas como alambres,
te pueden dar buen uso
para forzar la cerradura
si pierdes la llave del tocador.
Se me ocurren cien formas
de utilizarme,
pero sólo cuando te canses.

Me pregunto...

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Cómo sonará tu corazón
en una lata de conservas.
No te has preguntado
cómo ibas a decir te quiero
si tuvieras la boca cosida
con el alambre de una cerca.
Cómo expresarías
la palabra Soledad
con tus manos.
Cómo mirarías tiernamente
si tuvieras
los dos ojos de cristal.
A veces, uno no tiene respuestas.

Mi generación

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Con sueño y sin sueños,
cansados de nada y de nadar
a favor de la corriente,
la vida fácil más complicada
de toda la vida.
Un tiempo que pasa sin pesar,
un futuro que nunca
estuvo a la altura
de las circunstancias.
Así es mi generación,
tan cerca y tan lejos.

A mi mamá (y a todas las vuestras)

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A veces me siento hueco
porque no estás,
o al menos no te alcanzo con la mano,
y eso ya me parece distancia.
A veces me siento vacío,
como una sardina sin raspa,
incomunicado,
como una calle sin cabinas.
A veces me siento incompleto,
como un puzzle mutilado,
como una lámpara sin bombilla,
y de repente caigo en la cuenta
que eres tú
lo que me falta.
A veces me siento solo
y necesito recordarte a toda costa.
Entonces revuelvo la casa,
por si me hubieras dejado
un beso dentro de unos calcetines,
o una caricia en el cajón de la cómoda.
A veces te encuentro en rincones
que solo conoce mi nostalgia,
en el suavizante de la ropa,
o en el olor de unas manos con lejía.
Entonces sólo necesito aspirar fuerte
para notar que estás cerca,
y me duermo tranquilamente
como si aún estuviera en tu barriga.

Nostalgia de Lisboa*

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La garganta de Poveda es un túnel que desemboca en Lisboa. Esa ciudad donde los balcones se arrugan de melancolía y los niños se bañan en las piletas; donde el fado te guía por estrechos callejones hasta una minúscula taberna, y allí siempre hay una señora que te sirve una Sagres mientras su viejo remoja los callos en una palangana de agua tibia. Esa Lisboa, me refiero, adonde uno acude a perderse cuesta abajo y cuesta arriba, con la esperanza de que al doblar la siguiente esquina, aparezca un tranvía que deambula por calles sin raíles, deslizándose cansinamente por los renglones torcidos de Antunes, Saramago o Pessoa.

*`Meu fado meu'. Miguel Poveda y Mariza (BSO Fados).

Pasa la vida

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La simpleza del tiempo es que pasa sin que tú hagas nada a cambio. La única rebeldía puede ser morir, y ni eso, porque el reloj no se detendrá, no te prestará ni un segundo de atención, no perderá la cuenta, no le pondrá tu nombre a una hora del día.

De manera que el único acto heroico, el gesto más original, sería aprovecharlo, apurarlo hasta el borde, a sorbos o a bocados, hasta el día en que te levantes sin ganas de vivir. En ese instante, cuando comprendas que no es el tiempo lo que importa, descubrirás que ya es demasiado tarde.



Mal momento

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Las muertas por anorexia
dejarán de pesar para siempre,
velarán cadáveres transparentes
en pisos patera, junto a un centenar
de inmigrantes e indigentes
que también se mueren de hambre.
Un cura pederasta les dará
la extremaunción desde un televisor,
esa caja de luces a medio camino
entre el burdel y la Iglesia.
Después sepultarán sus raspas
en ataúdes con hipoteca,
porque la multinacional que los fabrica
cobra a precio de oro los modelos
que se salen del estándar.
En este mundo,
se paga con la vida
salirse de la media.

Barceloneta

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Por la playa pasea un galgo,
una pareja toma el sol
y pan y galletas,
como en una comida frugal
de Picasso.
El mar está calmado,
pero las olas suenan más en invierno,
quizás porque hay menos orejas
para escucharlo.
Un camión fabrica un dique a lo lejos,
una niña construye un fuerte a mi lado.
Los críos juegan a pillar
con las lenguas del mar,
y al fondo,
fino como el horizonte,
se pierde el galgo.

De paseo

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Ruido, conversaciones, gafas
orejas grandes en cabezas chicas,
pelo teñido, recogido,
malpeinado, canoso.
Ojeras por fuera y penas por dentro,
luces de Navidad sobre un estanco
del que sale
un candidato a enfermo de cáncer.
Se abren las puertas, pero
nadie sube, nadie baja,
los mismos bultos
en este autobús hacia el centro
de ninguna parte.

El retrovisor

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Carretera y horizonte, los Gypsy Kings a todo trapo en el cassette del coche y unos dedos telegrafiando el compás en el volante. Atrás queda todo, adelante, quien sabe. El cinturón le ciñe el pecho y eso le recuerda que vuelve a respirar hondo, que ya no hay pena que le oprima los pulmones ni piedras en el corazón. Entonces suena ‘my way’ y sube el volumen hasta romper la tuerca. Arranca el retrovisor junto a la foto que cuelga y lo tira por la ventanilla. Su madre le quitó así el chupete treinta años atrás y nunca volvió a echarlo en falta. Tal vez también funcione con ella.

El autobús

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Cuando aquel autobús pasó por delante, nada hacía pensar que se nos había pasado la vida. La mercería se había muerto con la señora Paquita, tu frío en las piernas ya no se calmaba ni en verano, y la llaga de mi dentadura postiza se había convertido en un callo. Los chicos nos llamaban de vez en cuando, y los pantalones de campana se había puesto de moda por sexta vez en cuarenta años. Nuestro amor se había convertido en un refugio, aunque habíamos guardado los anillos en un cofre del tocador porque se nos caían de las manos. Entonces pasó un autobús por delante, y comprendí que ya no era el nuestro.

En el metro

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Aquí estamos
los más dormidos,
los más pálidos,
los más peinados con colonia.
Aquí están los libros postizos,
las bolsas con la ropa del laburo,
los paraguas por si acaso.
Aquí estamos los cortos de vista,
los mancos de espíritu,
los que sueñan
que igual este metro
les lleva hoy a algún lugar diferente
donde olvidar
esta maldita sensación de fracaso.

El gato y la noche

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Hay noches
que no recuerdo
lo que he hecho en todo el día,
como si una lombriz
se hubiera comido la memoria,
o la misma vida.
Hay noches
que no me muevo en la cama,
que ni siquiera
arrugo las sábanas,
como si no existiera.
Hay noches
que no tengo nada que contar,
y salgo a la calle
a acuchillar a todos los gatos.
Algún día encontraré
al que se ha comido mi lengua.

Objetos

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A veces pienso
que esas cosas tienen conocimiento.
Esas cosas, digo,
como las cerraduras o las bisagras,
los percheros con tres patas,
los pucheros,
las sillas (por supuesto)
y los abrelatas.
Conocen, y se revelan,
por eso nunca están
donde uno creyó dejarlas
sino donde quedaron olvidadas.
Son objetos
acostumbrados al desprecio,
de esos que nunca mencionarías
si, por ejemplo,
alguien te pide que describas tu casa.
Y son resentidos, creo yo.
¿Por qué, si no,
iba a tener este cuchillo
clavado en la espalda?

El estadio de Tiflis

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Cuando la temperatura descendió hasta los 35 grados bajo cero, el reloj del estadio Lokomotiv de Tiflis se quedó clavado en las 20.18 y, por primera vez en la historia de Rusia, el tiempo se detuvo. Los espectadores que seguían el partido por televisión se quedaron perplejos, la imagen se había congelado en sus receptores y el espectáculo era sobrecogedor: hinchas paralizados con los brazos en alto y un grito en la boca, el árbitro con la mirada fija en el esférico, y en el centro de la jugada, inmenso como un Zar, Vladimir Karimostov se mantenía suspendido en el aire, con la cabeza ladeada para golpear la pelota que flotaba a un centímetro de sus ojos.
Veinticinco segundos después, el antiguo reloj del estadio de Tiflis recuperó el pulso y la vida volvió al estadio como una explosión en las minas de Siberia. El publico retomó el aplauso, el árbitro su carrera yKarimostov cabeceó con precisión colocando el esférico dentro de la red. Un gol soberbio que daba la victoria al equipo local en el día más frío de la última década.

Tarde de toros

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Sonaban las cinco de la tarde en el reloj de la peña taurina cuando los tertulianos interrumpieron el mus para examinar a aquel espontáneo que estaba plantado junto a la puerta. Tocado con un sombrero, charol en los zapatos y un traje recién planchado, el desconocido lucía un empaque que calmó la desconfianza de los habituales: aficionados al toro, antiguos espadas, monosabios y banderilleros.
Se dirigió al fondo de la sala, donde estaban colgados los cuadros y trofeos de los grandes del toreo, desde Belmonte y Guerrita hasta Ordóñez y Curro Romero, extrajo del sombrero algo parecido a un punzón y rasgo todos los lienzos. Los tertulianos corrieron hacia él como si hubiesen notado el pinchazo, pero entonces el toro se despojó del disfraz y les mostró dos pitones como dos estoques de acero.
El más valiente de todos ellos tomó de una vitrina los trastos de Manolete y se dirigió hacia el morlaco, que escarbaba con las pezuñas levantando arena de los azulejos. En la primera envestida le desbarató la ingle con una cornada mortal de 25 centímetros, y así fueron cayendo, uno tras otro, todos los que tomaron la alternativa en aquella tarde de venganza y resentimiento.

La jaula del cuerpo

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Pellízcate el codo, casi no sientes nada. Él tenía esa misma insensibilidad en todo el cuerpo, te hablo de un hombre sin tacto, sin roce. Perdió la sensibilidad después de un accidente, una lesión en el sistema nervioso central. Dejó de notar, simplemente, y al principio pensó que podría vivir con ello. No podía.
Pronto comenzó a ver su cuerpo como una jaula, aislado del exterior, parecía que la piel se le hubiese convertido en plástico, no tenían ninguna sensación, y la vida se volvió muy complicada. No sentía ni frío ni calor, perdió el sentido de las distancias. Le costaba coger cualquier objeto, tenía que seguir con los ojos cada maniobra de sus manos, porque los dedos no percibían el tacto de las cosas.
Intentó adaptar su entorno para protegerse de todo lo que no podía tocar, pero era demasiado vulnerable. Los indicadores digitales de temperatura impedían que se escaldase con el agua de la ducha, se alejaba del fuego, de los objetos punzantes, de los cuchillos. Compró decenas de zapatos que no podía usar porque le rozaban, las costuras podían clavarse en la carne y abrirle heridas que no notaba. Cambió las cuchillas de afeitar por una máquina eléctrica, necesitaba que le hiciesen la manicura, e incluso fregar los platos podía ser una amenaza. Un día, fregando un puchero hondo, se gastó las yemas de los dedos como si fueran una goma de borrar.
Se sentía extraño, se ahogaba dentro de su cuerpo como si lo hubiesen encerrado en una bolsa, como si estuviese cubierto de cera. Podía pasar horas y horas tendido boca arriba sobre la cama, sin más vida que un cadáver. Recordaba el tacto rugoso de los limones, la humedad del agua, la piel suave de su mujer, el pelo sedoso, la frialdad del mármol, la calidez de la madera de abedul. Podía llorar hasta arrugarse la piel de las mejillas, pero era incapaz de notar como se deslizaban las lágrimas.
En algún momento dejó de recordar esas cosas, y con ellas perdió la única sensación que le quedaba, la de estar vivo. Una mañana se ahorcó de la viga del salón, se apagó lentamente con media sonrisa en la boca. La soga no le hizo ningún daño hasta que cedió la traquea con un chasquido, algo parecido a lo que se siente al explotar un globo de agua con los dedos.

Ropa usada

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El cambio de la ropa de invierno por la de verano se vivía en mi casa como una ceremonia. Las mujeres abrían las ventanas de par en par, mudaban las sábanas de franela por las de algodón y guardaban la ropa de lana en una maleta que iba a parar al altillo.
Mi madre envolvía las mejores prendas en un papel de cebolla y colocaba bolitas de alcanfor en los bolsillos. Después empaquetaba las camisas ajadas, los suéter con bolas, los pantalones con parches, y se los enviaba a mis primos de Badajoz. De ese modo comencé a sentir celos de mis primos, a los que yo consideraba los niños más afortunados del mundo porque vestían todo el año con mis prendas preferidas.
Un mes de diciembre llegaron a Madrid para celebrar las navidades con nosotros, y al bajarse del tren descubrí que llevaban mi ropa favorita de verano. Habían zurcido la camiseta de Naranjito y al pantalón del chándal le había puesto un parche de Bultaco, pero sin duda eran los míos.
Mi madre intentó explicarme que eran pobres y no tenían más ropa, pero yo no caí en el engaño. Mis primos debían ser las personas más ricas del mundo, porque según mi padre los ricos podía hacer lo que quisieran, y aquello de vestir a su aire en cualquier época del año, sin duda era lo máximo.

El control

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El ritual se reproduce periódicamente, y viene precedido de una suma de sensaciones desagradables: la opresión en la cabeza, una ansiedad que te incinera por dentro, desprecio por tu modo de vida, angustia y por fin un cóctel de ansiolíticos.
Al despertar, me siento en la cocina y descuelgo el reloj de la pared: son las doce de la mañana, o las tres de la tarde, otro día perdido. Entonces muevo las agujas del reloj hacia atrás y son las nueve de la mañana, desayuno y me ducho. Al finalizar son las 9’43 minutos, saco la pila del reloj y la guardo en el bolsillo. Salgo a la calle a pasear, no necesito hablar con nadie. Compro el periódico, tiro los suplementos, me siento a tomar el sol. Palpo la pila en el bolsillo, sigo teniendo el control, me pongo en pie y camino de nuevo. Pasan dos, quizás tres horas hasta que vuelvo a casa.
Cuando llego, el reloj de la cocina sigue marcando las 9’43 minutos, introduzco la pila y el tiempo vuelve a correr. A esas alturas ya no me importa lo que suceda, porque siento que todo está en mis manos, que en cualquier momento puedo mover las agujas a mi antojo y comer si me apetece, o pasear de nuevo, si me apetece, o precipitar la hora de la cena. Solo si me apetece.
La tarde se echa encima mansamente entre canciones, libros o cualquier entretenimiento absurdo, pongamos que ordenando fotografías. Cuando me entra sueño vuelvo a dejar todo en su lugar, el reloj en la pared, el álbum en la estantería y amontono los CD donde siempre.
Por la mañana me despierta el reloj de pulsera con su alarma laboral y la pantalla parpadeante, como el luminoso de un burdel de carretera. Automáticamente monto la cafetera, tomo una ducha rápida y desayuno de pie junto al fregadero. El reloj de pared marca las once, el de pulsera las ocho, me apetece quedarme y desayunar tranquilo pero tengo que irme, quisiera leer y escribir, eso me gusta, y no volver al trabajo en esa monótona oficina. Entonces comienza a oprimirme la evidencia de que el tiempo ya no está en mi manos, vuelve la angustia y la ansiedad, una sensación que no acabará hasta que consiga sincronizar lo que quiero hacer con lo que estoy haciendo, cuando abandone ese lapso de tiempo incierto en que me siento cada vez más triste.

Llamadas nocturnas

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Cada noche, cuando mi mujer se acuesta y me deja sólo en el comedor, marco al azar un número de teléfono y me quedo en silencio. Al otro lado, el receptor pregunta dos o tres veces quién llama, se extraña, a veces se asustan por si es el hijo que aún no ha llegado a casa o el abuelo enfermo, no entiende y finalmente cuelga.
Una madrugada encontré por fin lo que buscaba, marqué el primer número que me vino a la cabeza, y antes de que diera señal de llamada alguien descolgó el teléfono, pero no respondió. Se quedó callado, aguantando la respiración, y así nos mantuvimos durante casi una hora, sudando el aparato, comprendiéndonos en un silencio perfecto.
Al colgar me di cuenta que no había apuntado el número, nunca lo hacía, y lloré la soledad más pegajosa de mi vida. Desde entonces intento repetir cada noche el mismo número, pero no acierto. Al otro lado siempre hay alguien lleno de preguntas, pero nadie hueco de respuestas.

El sol de los pobres

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El sol apareció esa mañana más radiante que otros días, había engordado por los menos diez kilos y tenía los rayos de punta, como lo pintan los niños. Se sentía con fuerza suficiente para arrastrar consigo a la primavera, alargar los días, florecer los cerezos y hacer que las personas se despojasen de ropa como las cebollas.
La gente acostumbraba a recibirle con las puertas abiertas, guardaban las sábanas de franela y colocaban las de algodón, le daban la vuelta al colchón y colocaban flores en las mesillas. Después revolvían los armarios ocultando al fondo los abrigos de guata y de visón, las chaquetas de pana, los trajes de cheviot. Cambiaban los zapatos de invierno por los de verano, los hombres se vestían de alpaca y de lino, las mujeres de gasa y encajes, y pronto cobraban un tono de piel más rollizo.
Entonces el sol se dirigió a la primera casa y forzó las rendijas de la ventana hasta abrirla de par en par. La minúscula habitación estaba ocupada por cinco niños enclenques, vestidos con muchos remiendos y algunos trozos de camisa. El colchón no tenía sábanas y con las perchas de los armarios se habían inventado unas cañas de pescar.
Los niños achicaron los ojos porque el brillo les cegaba, y así no pudieron ver como el sol se retiraba, pálido como un garbanzo, y pensando que esta vez se había equivocado de casa.

El eco del cordón

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Dijeron las enfermeras que sucede igual con los amputados, al principio notan la pierna o la mano como si aún estuviera ahí, y solo al tomar impulso para caminar o cuando extienden el brazo para coger la taza se dan cuenta de que son cojos o mancos. El recuerdo de la extremidad persiste unas semanas como un eco, y después desaparece para dejar hueco a la prótesis o al muñón, según el caso.
Lo cierto es que el niño era bonito, pero desde que lo trajeron a la habitación la madre no dejó de mirarlo con extrañeza. El marido le devolvió un reproche cuando ella insinuó que ese no era su bebé, pero tanto insistía que al final pidió consejo a las enfermeras.
Hubo reunión de batas blancas, y resolvieron que lo mejor era reunir a todas las mujeres con sus recién nacidos y probar el eco del cordón. Según dijeron, el bebé tarda en acostumbrarse a la vida independiente como un manco a su disminución, de modo que durante unos días persiste algo parecido a un cordón umbilical imaginario.
Una por una, las enfermeras fueron apretando el ombligo de las parturientas, a lo que su bebé correspondía con un mal gesto o un llanto. Cuando le tocó el turno a la madre incierta, el ATS apretó el botón y una preciosa niña negra rompió a llorar tres madres más adelante. La mujer que la sostenía en brazos, blanca como el azúcar, miró fijamente a la señora negra con el bebé nacarado, se apretó el ombligo y el niño respondió con un gemido instantáneo. Al intercambiar los bebés tuvieron que dar un rodeo para que no se enredaran los cordones.

De mayores

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Ayer fuimos al lago después de la escuela, capturamos unas lagartijas que acabaron sin cola, hicimos una guerra contra los de la calle de abajo y después estuvimos jugando durante horas al escondite. Volviendo a casa, mi amigo Carlos rompió una farola con el tirachinas y aprovechando la oscuridad le di un beso a Susana. Ella me devolvió un guantazo que aún me quemaba cuando me metí en la cama, pero no importa, porque hemos jurado que nos casaremos de mayores.
Esta mañana, al pasar por el parque, un par de niños me han gritado, se han acercado corriendo y cogidos de mi mano me han pedido que les lleve a casa. Una mujer madura nos estaba esperando en la puerta, ha puesto un beso en mis labios y se ha llevado a los niños al baño. Al principio me he quedado extrañado en la entrada, pero después me he dejado llevar hasta la cocina, y como si lo hubiese estado haciendo durante 20 años, he preparado la cena y he puesto una lavadora. Cuando los niños se han quedado dormidos, ella ya estaba esperando la cama. Me he desnudado y hemos hecho el amor con ternura, como lo harían dos personas mayores. Abrazados uno al otro, hemos dejado que pasarán veinte años más.

Cerrar el círculo

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Nació con tres vueltas de cordón en el cuello, morado y al bordo de la asfixia, los médicos dijeron que unos minutos más y habría salido muerto. Tras unas horas con la mascarilla de oxígeno recuperó el color natural, pero no consiguió superar la angustia en toda su vida.
Durante los últimos meses se había acentuado la depresión y sus manías obsesivas. Se pasaba las tardes en los centros comerciales, probando todos los cinturones que encontraba en las tiendas. Primero tanteaba la piel de las correas, buscaba la más suave de todas, una bien resistente. Después tomaba la correa elegida y apretaba un extremo con cada mano, las juntaba frente a los ojos y tensaba bruscamente el cinturón, haciendo un ruido seco como un latigazo que siempre alertaba a las dependientas.
Aquella tarde parecía decidido a comprar una correa, porque en tres tiendas consecutivas superó la prueba del latigazo y pidió paso en el probador. Desestimó los tres primeros cinturones, pero el cuarto parecía cumplir todos sus requisitos y solicitó probárselo en los vestidores, a lo que el vendedor accedió con extrañeza. Después de unos segundos tras la cortina, soltó un par de palabras de aprobación, pidió un taburete al dependiente y volvió a encerrarse en el vestidor. Cinco minutos después lo encontraron colgado de una viga.

Camilo

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La vida del señor Camilo parecía tan predecible como el letrero de su negocio: “Panadería Camilo”. Eso era lo único que podía ver desde la ventana de mi celda, el único entretenimiento en cuatro años de prisión, así que después de los primeros seis meses pasé a considerarlo mi vecino. Al fin al cabo, mi vida era tan predecible como la suya, y eso une mucho.
Levantaba la persiana hacia las cuatro de la mañana y media hora más tarde nos despertábamos los dos con el ruido de su horno. Mi vecino salía a la calle tan poco como yo, apenas unos minutos al medio día para comer, y luego continuaba tras el mostrador hasta que daban las ocho. Cerraba la persiana, entraba en la portería de al lado y subía por la escaleras hasta el tercer piso, allí le esperaba su mujer, la misma que limpiaba el aparador limpio a diario. Todo eso podía verlo desde mis barrotes, día tras día, mes tras mes, y él tras su persiana, su horno, el mostrador y su mujer.
Por fin conseguí un permiso y lo primero que hice fue cruzar la calle y comprarle un pan a Camilo. Al poner las manos sobre el mostrador se fijó inmediatamente en el tatuaje junto al pulgar que identifica a los presidiarios, y me preguntó con desgana si era mi primer permiso. Contesté afirmativamente y cerró los párpados como le había visto plegar la persiana durante años. Al darme el cambio vi que se había tatuado tres panes junto al pulgar, nos miramos con complicidad y me dijo: “vecino, a veces la jaula es aún más grande al otro lado de los barrotes”.

La casa de mi abuelo

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La casa de mi abuelo se ha muerto. Durante un tiempo perteneció al guarda agujas de la estación, pero lo destinaron a otra mi provincia y entonces la ocupó mi abuelo, también ferroviario. Era una casa antigua, con vigas de madera y dos habitaciones que daban a las vías del tren. Allí murió mi primer perro.
El abuelo empleaba aquella casa como segunda vivienda, aunque hubiese querido que fuese la primera. Llegaba cada verano con una lata del cal viva y pintaba toda la fachada como en los pueblos de Andalucía, después cambiaba las tejas rotas, tapabas las goteras, podaba el rosal y apuntalaba con cañas la enredadera. Estuvo toda su vida luchando contra el nogal que levantaba el suelo del patio con las raíces. Si el árbol hacía una grieta, él volcaba una carretilla de cemento, y así uno y otro verano hasta levantar el suelo dos palmos.
Este diciembre volví a la casa pero ya no era la misma. Las paredes estaban sucias y desconchadas, las tejas rotas y los armarios olían a humedad y a telarañas. El rosal se había secado y la madreselva había saltado la tapia junto a las vías. Mi abuelo murió en noviembre y el nogal ya había cuarteado el patio como si fuera de arcilla, él ganaba la partida.

Ven a verme al fútbol

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Tú imagíname como un corazón de chocolate sobre una tarta de frambuesas, tú intenta verme con un tu-tú de porcelana bailando sobre una caja de música. Sólo por un instante, calcula cuantos kilómetros de carretera podríamos ocupar si colocamos, uno detrás de otro, todos los sueños que nunca vimos cumplidos. Yo te quiero mucho, tanto como para seguir bailando cuando cierran la caja y la música sólo suena en mi cabeza, tanto como para barrer con unos pompones la carretera de los sueños perdidos, pero debo reconocer que no tanto como para sentarme al raso en la cancha a las nueve de la noche y ver a 12 tipos en calzoncillos.
Te auguro la gloria, seguro, vas a parar el tiempo cuando zurzas regates sobre el tapiz verde del suelo, pero ya me lo contarás más tarde. Lo siento de veras, ya sabes que no me gusta el fútbol.

¿Fútbol, no?

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Buenos días, queridos transeúntes de la calle de la amargura. Me despierto con un cielo gris como el interior de las cajas de condones (apreciación adquirida después de muchos años de buscar premio en el interior), y dudo entre coger la bolsa del fútbol o el paraguas y el impermeable. Dudo y sigo dudando por unos minutos, hasta que un vecino se planta ante mi puerta y sorprendentemente me propone una solución: desenvainamos las pollas y el que la tenga más larga decide. Como no tengo demasiada confianza con el vecindario, me retraigo, le invito a abandonar mi domicilio, pero él, mucho más decidido y ya con la verga fuera, me atiza un pescozón y me baja la bragueta. Hay que jugar el todo por el todo.
Me bajo el calzoncillo y le muestro mi herramienta, a estas horas de la mañana no hay vida por debajo del estómago, así que la medición es vergonzosa. El tipo no parece cohibido, de hecho, hasta ese momento no me había dado cuenta de que su cuerpo tan sólo está cubierto por unos correajes y unos guantes de cuero. De entre sus muslos asoma una pieza no mucho mayor que la mía, sonrío al presumir que la cosa va a estar discutida, pero el canalla da un golpe de cadera y el rabo se le desenrosca pierna abajo como una manga de repostería. Supera la cara interna de los muslos, se enrosca en la rodilla como una boa y sigue su descenso hasta los tobillos, donde se detiene dando un fuerte latigazo. Tiene un piercing en el capullo del que pende un cartel con algo escrito en letra pequeña. Me arrodillo para leer el mensaje: "Ya que estás de rodillas, te voy a empetunar, gilipollas. Después te coges la bolsa de fútbol y esta tarde se lo cuentas a tus amigos".Tengo la bolsa, me han asaltado la trastienda, llueve pero ya no me importa. ¿Fútbol, no?

Intimidad de cristal

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La luz se filtraba por las rendijas de la persiana, caminé a tientas hasta la ventana y la abrí de par en par. En la inmobiliaria me habían dicho que el piso llevaba cerrado apenas unas semanas, pero el olor delataba unos cuantos meses más. No había muebles ni rastro del anterior inquilino, no había cuadros, no había lámparas, apenas unas bombillas en los casquillos.
El apartamento era exactamente como me habían explicado en la agencia de alquiler. Lo que más me había llamado la atención era que el edificio no tenía rellanos, el ascensor desembocaba directamente en la puerta de la vivienda. La botonera tenía un pulsador para cada puerta: 1º Primera, 1º Segunda, 2º Primera, 2º Segunda, y así sucesivamente. Cuando llegabas a la planta correspondiente, se abría la pared izquierda o la derecha del ascensor, y detrás estaba la puerta de cada vivienda.
Lo sesenta metros cuadrados del interior estaban distribuidos en un amplio comedor, dos habitaciones aceptables, una cocina completa y un baño decente. Sin embargo, nadie había mencionado que todo el piso estaba cubierto por una horrorosa moqueta verde. Las paredes, los techos y el suelo tapizado producían una sensación claustrofóbica, probablemente por eso el comercial de la agencia había pasado el detalle por alto.
Desde luego no pensaba hacer reformas en un piso de alquiler, ni siquiera sabía el tiempo que iba a vivir en la ciudad, lo que durara el trabajo. Pero un cuarto de hora después de entrar por la puerta, necesitaba de un modo imperioso eliminar todo aquel forro de la superficie. Una vez desprovista de la moqueta y con una mano de pintura, la vivienda sería mucho más acogedora.
Comencé por la habitación principal, el material no estaba demasiado adherido al tabique y la primera pieza cedió rápidamente. Una gran claridad se derramó por la habitación, reculé un par de pasos y me quedé extrañado, parecía que habían tapado una ventana con la moqueta. Me acerqué de nuevo al vidrio buscando el marco, pero no había ningún cierre y el cristal no daba a la calle, sino a una habitación contigua.
Arranqué el resto del tapiz sin dificultad, una tras otra fueron cayendo todas las piezas de la cubierta pero ninguna ocultaba la puerta. Comencé a golpear el muro de cristal con las manos buscando alguna rendija y en ese momento apareció una chica en la habitación. Me asustó verla entrar de improvisto, como si me hubiese sorprendido robando, pero de inmediato reaccioné golpeando el vidrio para llamar su atención. Le hice gestos, grité y golpeé más fuerte en el muro, pero no parecía verme ni escucharme.
La chica cogió unas bragas y un sostén de la mesilla que había junto a la cama y abandonó la habitación. Me quedé desconcertado. Sólo entonces reparé en que las paredes de esa otra habitación también eran transparentes. Excepto el trozo que tapaba su armario, podía ver a través del muro el comedor del piso contiguo, la cocina y al fondo la chica, que entraba en el baño.
Mis ojos recorrían la estancia como una mosca encerrada en un vaso. El suelo y el techo del apartamento de la muchacha también eran de cristal, y hasta donde me alcanzaba la vista, todos los pisos del edificio eran completamente transparentes, ¿todos menos el mío? Me puse a despegar furiosamente la moqueta que cubría las paredes, después el techo y finalmente el suelo. Pasé de una a otra habitación, tardé casi dos horas en desnudar toda la vivienda, para descubrir que el apartamento era una estructura de vidrio.
En el piso de arriba, un matrimonio miraba el televisor, dos chiquillos jugaban en la habitación que se correspondía con mi dormitorio y la chica de al lado estaba ahora maquillándose en el lavabo. Bajo mi cocina había otra exactamente igual y una pareja discutía en el lavadero, un calvo trabajaba frente al ordenador y una señora hacía la cama de la habitación de matrimonio.
Corrí de un lado a otro, golpeé los cristales intentando que alguien se percatara de mi presencia, pero yo mismo parecía transparente: nadie me veía, nadie me escuchaba, nadie miraba hacia mi apartamento. Cogí la chaqueta que había dejando en la entrada y salí corriendo a la calle.
Los pies me llevaron al parque, me giré para mirar la fachada del edificio. Parecía tan normal desde fuera, como un edificio cualquiera. Me puse a correr de nuevo hacia la oficina de la inmobiliaria, pero la persiana estaba bajada. Sábado a las tres de la tarde, la agencia no abriría hasta el lunes por la mañana, qué hacer hasta entonces. No conocía a nadie en la ciudad, había llegado un día antes para incorporarme a un nuevo puesto de trabajo, apenas había tenido tiempo de formalizar por escrito el contrato de alquiler. Seis meses por adelantado, todo el dinero que tenía ahorrado, si gastaba lo poco que me quedaba en una pensión, apenas llegaría a fin de mes. No podía solicitar un adelanto, no es una buena carta de presentación en una empresa.
Quizás podría aguantar en el piso hasta el lunes, después iría a la inmobiliaria, aclararía esta broma, conseguiría otra vivienda. Aún intentaba serenarme cuando el ascensor llegó a mi planta y metí la llave en la puerta. El piso me pareció mucho más luminoso que la primera vez, la luz que entraba por las ventanas se sumaba a la que se filtraba por los tabiques desnudos. No encontré a nadie en la portería, así que recorrí todo el piso buscando un nuevo encuentro con mis vecinos, quería que me vieran, que alguien saliese a la calle y me explicara qué sucedía en aquel lugar.
La pareja de arriba seguía sentada en el comedor. Parecía un matrimonio normal de unos cincuenta años, los dos chicos que jugaban con la consola en la habitación debían ser sus hijos. Lo único que tenía a mano era la escoba y el mocho que había comprado por la mañana, así que empleé el mango para golpear el techo. Nada.
La chica rubia había desaparecido, pero abajo, sentados en la cocina, había dos personas. Uno era el calvo que antes estaba sentado frente al ordenador, a su lado estaba la señora que discutía en el lavadero. Me tendí boca abajo en el suelo y los estuve observando durante un rato. El fluorescente parpadeó y por primera vez la mujer levantó la cabeza y me miró fijamente. Restregué las palmas por el cristal, le hice aspavientos con los brazos, ella se subió a la silla y extendió las manos hacia mí, pero se pararon al llegar al fluorescente, lo hizo girar para eliminar el parpadeo y volvió a sentarse de nuevo.
Definitivamente, no podían verme, quizás mis tabiques eran opacos desde el otro lado. A medida que fueron pasando las horas, una variedad de personas comenzó a circular por encima de mi cabeza, bajo mis pies y en el piso de al lado, al llegar la noche ya tenía a cada uno situado en su lugar.
No dormí en toda la noche y tampoco descansé durante el día siguiente. Pasé las horas siguiendo los pasos de esos desconocidos a los que podía ver en su intimidad. La rubia del piso de al lado volvió a media noche y se acostó, la vi desnudarse antes de meterse en la cama, y de nuevo asistí como un ritual a su ducha matutina. Los apartamentos eran simétricos, así que su cuarto de baño y el mío tan sólo estaban separados por el muro transparente contra el que apoyaba su precioso culo. Le froté la espalda y los pechos desde mi lado del metacrilato hasta que el vapor consiguió aislarnos.
El lunes fui directamente al trabajo sin pasar por la inmobiliaria. No pusieron demasiados impedimentos para concederme unos días libres antes de incorporarme a la oficina, aludí unas cuestiones de papeleo, la mudanza, problemas con el alquiler. Al salir de allí me fui directamente a casa. Aquella impunidad con la que podía introducirme en la vida de otras personas comenzó a parecerme muy atractiva, casi obsesiva. Les observaba a todas horas, hiciesen lo que hiciesen, en la cama, en el lavabo, no tenía reparos.
Comencé a conocer a los inquilinos de aquella pecera profundamente. No podía escucharles, pero ni falta que hacía, casi todo lo que hacían era tan primario que no requería explicación. Apenas hablaban entre ellos, cocinaban, limpiaban, miraban la televisión, duchaban a sus hijos, se acostaban y hasta el día siguiente.
Intenté coincidir con ellos en la entrada del edificio, pero fue imposible. Podía pasar horas aguardando en la puerta que ninguno de ellos abandonaba su apartamento, sin embargo, cuando yo estaba en el interior, les veía salir y entrar con normalidad. Como el ascensor iba de la puerta de su piso a la calle, me era imposible interceptarlos en el camino. La única salida era la escalera de incendios, pero los de la inmobiliaria no me había dejado una llave y yo no pensaba pasar a preguntar.
En más de una ocasión me pareció que se entretenían mirando hacia mi apartamento, entonces me quedaba rígido, clavado en el asiento como si me hubieran descubierto, pero después desviaban los ojos sin mostrar el más mínimo interés. Una mosca, un ruido o una mancha en la pared debía haberse entrelazado entre su mirada y la mía, sólo que yo les observaba y ellos a mí no.
Lucía, como había bautizado a mi vecina rubia, me comenzó a interesar mucho, y no sólo por sus hechuras. Al principio atiborré mi morbo con su desnudez, la espiaba en la cama, en la ducha, en el sofá, pero al poco eso se convirtió en algo cotidiano y descubrí otros aspectos. Lucía tenía gustos literarios y musicales parecidos a los míos, estudiaba filología inglesa, y aunque cada noche hablaba casi una hora por teléfono, supuse que debía ser con sus padres, a los que tenía en una foto en el escritorio, porque no le conocí a ningún novio.
Pasados unos días, el morbo de la situación se fue apaciguando y a excepción de Lucía, el resto de los vecinos me parecieron menos interesantes. La señora de abajo se enfrentaba a diario con su hijo, las discusiones frecuentemente subían de tono, y el marido, el calvo, se recluía en una habitación huyendo de los problemas. En el polo opuesto se encontraban los vecinos de arriba, una familia tan correcta como aburrida, tan perfecta, con unos entretenimientos tan de andar por casa. Eso sí, ella le ocultaba dinero en un cajón del armario y él guardaba en un rincón de la cocina una botella de anís a la que atizaba tragos furtivos.
Casi diez días después de poner un pie en la casa, seguía sin haber cruzado palabra con alguno de los vecinos. Bajaba en el ascensor justo detrás de ellos, pero una vez en la calle se esfumaban sin dejar rastro. No podía soportar aquella situación, de modo que la mañana siguiente esperé a que Lucía abandonar su vivienda y salí detrás suyo. Como siempre, no la encontré en la calle, así que tomé de nuevo el ascensor pero esta vez oprimí el botón de su piso. Al llegar a nuestra planta se abrió la puerta contraria del elevador, y forcé la cerradura de su apartamento hasta que cedió.
No me fue difícil orientarme en el interior de su vivienda, la conocía a la perfección, así que fui directo a la habitación que lindaba con mi dormitorio, y allí encontré mi cama, mi alfombra, mi ropa, sólo faltaba yo. Lucía podía verme igual que yo a ella, me había contemplado desde el primer momento, y desde su apartamento también se podía ver la vivienda de los vecinos de arriba y abajo, las paredes eran tan trasparentes como la de mi apartamento.
Volví a mi piso desconcertado, me senté en el comedor buscando una respuesta a todo aquello. Lo único que se me ocurrió es que yo no les interesaba lo más mínimo, respetaban mi intimidad y respetaban la intimidad entre ellos, un respeto que yo había violado desde el primer momento. Al cabo de unos minutos levanté la cabeza y advertí que, por primera vez desde que llegué al piso, todos los vecinos se habían girado hacia mí y me observaban fijamente. Lucía volvió de repente, entró en su habitación, se apoyó en la pared y me dedicó la peor mirada de desprecio. La situación se mantuvo así durante unos minutos, y después todos comenzaron a moverse, sacaron telas de los armarios, moquetas verdes como las que forraban el interior de mi vivienda, y cubrieron los tabiques completamente, aislándome de ellos.
Estuve gritando y golpeando sus paredes durante días, arañé el cristal con las manos, con los cuchillos, el ruido me ponía los pelos de punta pero ellos no parecían advertirlo. Estaba angustiado, necesitaba desnudar las paredes porque aquella incomunicación me asfixiaba, necesitaba recuperar su confianza y demostrarles que había comprendido. No conseguí que descubrieran ni un centímetro de la pared para ver como estaba, ni les interesé entonces ni les interesaba ahora.
Unos días después recogí mis cuatro pertenencias y abandoné el apartamento, el trabajo y la ciudad. He vuelto alguna vez por allí y desde la calle he visto luz en mi habitación. Desde fuera todo parece tan normal, un edificio vulgar como cualquier otro.

Disfraces

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Cuando los indios llevaban plumas y los vaqueros espuelas, los niños sólo queríamos disfrazarnos de Toro Sentado y Búfalo Bill, claro que nuestros modelos estaban sacados del Cinemascope. En aquella época, las niñas se disputaban el disfraz de mora, compuesto por un vestido de gasa y pulseras en los tobillos, y el de moro tampoco era poca cosa: un turbante con una gran piedra, las manos ensortijadas, el fajín rematado con borlas y unas babuchas de malandrín.
El disfraz de negro no era pomposo pero llevaba arma, y eso era casi tan importante como lo otro. Porque los negros que conocíamos cuando sólo habían dos canales de televisión, llevaban un hueso en la cabeza, un taparrabos de leopardo y, eso sí, una lanza para cazar leones. Y aquello era muy grande, porque lo único que había visto cazar en mi vida fue la liebre que atropelló mi padre con el 124 un verano camino del pueblo.
Desde que la televisión tiene más programas que la lavadora, los negros, los moros y los indios ya no son lo que eran, y los niños prefieren disfrazarse de Pikachu, de Chenoa o de Spiderman. Claro que no me imagino a un crío vestido de marroquí, pidiendo papeles en la Delegación de Gobierno y cargando los remos de una patera; u oculto tras la máscara cadavérica de un niño somalí, con una mosca en los labios y un buitre rondando sobre su cabeza.
El único disfraz que no ha cambiado en todos estos años es el de cowboy, ellos siguen con los modales toscos, el sombrero tejano, e imponiendo su ley con las pistolas.

El velatorio

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Mi madre insistió en que me pusiese un traje para el velatorio. Los trajes están para estas cosas, me dijo mientras planchaba la camisa de los domingos de mi padre.
Una veintena de personas velaban el ataúd cuando llegamos a la puerta del tanatorio. Desde allí parecían una bandaba de cuervos, todos vestidos de negro, susurrando en voz baja y mirando de reojo al difunto. Mi padre su sumó a uno de los corrillos, mi madre acudió a dar el pésame a la esposa y yo caminé dando círculos sin acercarme demasiado al cajón.
Al abrirme hueco entre las americanas negras y las camisas con crespón, descubrí que en muchos casos aquello no era más que un postizo. Bajo el hábito de funeral, unos vestían las historias que contaban los periódicos, otros la camiseta de su equipo de fútbol, e incluso había alguno incapaz de disimular el vistoso color de la ropa interior que había elegido para la ocasión. En medio de aquel baile de máscaras, la viuda y los hijos parecían los únicos que bajo el luto se encontraban rigurosamente desnudos.

El termómetro

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Una capa de escarcha cubre la montaña de cartones, y sepultada debajo, Adriana Sereskova se frota los ojos para descubrir que Moscú amanece de nuevo bajo un cielo gris como el asfalto. El pequeño Andrei tirita de frío, 35 grados bajo cero son demasiados para un niño de dos años. Adriana se quita una lágrima congelada de la mejilla y la pone en los labios de su hijo, que la absorbe con ansias.
En las antípodas climatológicas, 70 grados al norte del termómetro, Asunción Bretal despierta con la camiseta sudada y un sol como una sandía. Hacía tiempo que no se vivía un verano tan aluroso en Mar de Plata, y los centenares de indigentes que ha parido la crisis argentina se agitan por las calles buscando una sombra o haciendo cola en las fuentes de agua. El pibe Gustavo se agita en el regazo de Asunción, tiene los labios cortados y la fiebre muy alta, los 35 grados le deshidratan. Su madre se exprime los ojos y deja caer una lágrima en la boca del pequeño, que hace círculos con la lengua de trapo buscando donde mojarla.

El departamento

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Vivía en un antiguo departamento con techos altos y media docena de habitaciones. Todas estaban cerradas con llave. El oscuro pasillo de puertas selladas y lámparas sin bombillas era tan largo como su soledad. Al fondo, en el comedor, se había instalado una pequeña cama. Dormía allí, junto al calor de la cocina, a un paso del lavabo, cerca de una ventana viuda de sol.
En los últimos años, la tristeza le había ganado terreno en la distribución de la casa. Durante un tiempo la mantuvo a raya, atrincherada en la habitación de la entrada. Eran aquellos tiempos en que los niños corrían por el pasillo y el olor a sardinas, a cordero y a bizcocho de chocolate llegaba hasta la escalera.
Aquello se fue perdiendo, y la tristeza comenzó a avanzar por el pasillo. A medida que la gente abandonaba la casa, dejaba una habitación sin defensa y la tristeza no tardaba más que unos días en echarse encima. Así las fue cerrando con llave, cegando una tras otra con la esperanza de barrerle el paso, pero la tristeza se colaba por las rendijas.
Poco a poco se fue retirando hacia el comedor, atrincherándose en aquella mesa donde siempre habían jugado a las cartas y que ahora soportaba sus solitarios. Allí le sorprendió la sombra del pasillo una mañana, cuando de un pequeño salto se coló en el comedor. Instintivamente miró hacia la ventana, hacía tiempo que la contemplaba como una digna escapatoria, pero en vez de eso, recogió la baraja, la guardó en el cajón de la cómoda y sacó una palanca de hierro que tenía envuelta en un trapo.
Se adentró en la oscuridad del pasillo, no necesitaba palpar las paredes, conocía el camino de memoria. Se detuvo frente a la habitación de la entrada y clavó la herramienta en el marco hasta que saltó la cerradura. La luz se comió un cuarto de pasillo.
Se acercó a un sofá con el asiento ahuecado, tenía los brazos gastados a la altura de las palmas de las manos, y reconoció que aquella era la huella de su padre. Los estantes estaban repletos de fotografías amarillas y botes llenos de conchas. Cada bote tenía escrito un año, los veranos que pasaron en Sitges recogiendo conchas de la orilla.
La siguiente puerta cedió con más dificultad. Cuando los ojos se acostumbraron a la luz que entraba por la ventana, descubrió la habitación de un niño. Estaba exactamente igual que la habían dejado una mañana de agosto hacía 30 años. Abrió un cajón y olió la ropa con angustia, porque nunca se supera la muerte de un hijo.
Tras la tercera puerta había una cama de matrimonio, un viejo tocador con un cepillo del pelo y una foto de boda. Se fue directamente al armario y repasó la ropa de mujer con las manos. Tan sólo faltaba el vestido negro.
Apretó el marco de la fotografía sobre el pecho y el polvo le dejó una mancha sobre el corazón. Entonces se cambió de camisa, cogió una americana del ropero y buscó en la cómoda uno de aquellos pañuelos que su mujer guardaba con una ramita de romero. Pensó que nunca volvería a olerlos.
Se acomodó el pañuelo con ternura en el bolsillo de la americana y se fue hacia la calle, dejando tras de sí un pasillo lleno de luz. Ni siquiera palpó las llaves en el pantalón, ni miró hacia atrás como otras veces. La tristeza ya no tenía donde esconderse.

Reconocimiento

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Bajé a la calle con la Polaroid y fotografié a los primeros diez hombres que pasaron por delante, después giré la cámara y me hice un retrato. Al llegar a casa saqué las instantáneas del bolsillo y las colgué en un corcho: todas eran personas corrientes, vulgares, tan mediocres como yo. Estuve observando las fotografías durante unos minutos, incapaz de identificarme en aquella rueda de reconocimiento.
Al final distinguí una expresión familiar en una de aquellas caras grises, un hombre insignificante con pinta de oficinista, con mujer y dos niños, difícil de describir por falta de rasgos. Guardé la fotografía en el bolsillo de la americana y salí hacia el trabajo. Nadie me saludo al entrar en la oficina, nadie me invitó a tomar café ni a comer juntos, acaso un “perdón” sin mirada cuando nos apretamos en el ascensor. Me pareció extraño, aunque bien es cierto que si algo me significaba en esta vida, si en algo destacaba, era en pasar desapercibido.
Volviendo del trabajo me detuve un segundo a comprar tabaco y saludé a Martín, el estanquero. Martín me extendió el paquete y soltó un “hola” entre sorprendido y desconfiado, como si le extrañara que yo conociese su nombre. Me encogí de hombros, guardé el cambio y volví a la calle.
Al llegar a casa encontré a los niños en su habitación, mi mujer aún no había llegado. Asomé la cabeza por la puerta, me ojearon con desinterés y volvieron a sus cosas. Les pregunté qué estaban estudiando, ¿estudiando?, repelieron con desprecio, pero si hace un año que dejamos el Instituto. Cerré la puerta al salir.
Me quedé sentado en el sofá durante algo más de dos horas, mi mujer pasó de largo por el comedor sin reparar en mi presencia y a los pocos segundos volvió sobre sus pasos. Nos quedamos mirando tristemente hasta que ella rompió el silencio con un “tenemos que hablar. Tú no eres el hombre que yo conocí hace años, parecemos dos desconocidos, esto tiene que acabar”.
Solo hablo ella, pero a medida que lo hacía comencé a reconfortarme con una idea: me había equivocado de fotografía, aquel hombre gris y absurdo con el que creí identificarme por la mañana no era yo. Al tomar su retrato había interpretado su vida y no la mía, por eso nadie me conocía, ni en la calle, ni en el trabajo, ni en el estanco. Eso explicaba que no supiera la vida de mis propios hijos y que mi mujer de repente me considerara un extraño.
Con esa sensación de alivio me fui hacia la habitación y volví a mirar las nueve fotos que estaban colgadas en el corcho, a las que uní la que guardaba en el bolsillo de la americana. Esta me pareció entonces la más impropia, y aquel pobre diablo el más miserable de los diez, así que me concentré en las restantes para adivinarme en alguna de aquellas personas. Después de unos minutos, se me ocurrió comparar las fotografías con la del carnet de identidad. Una por una fueron cayendo las esperanzas hasta llegar a la última: el pobre diablo era yo.

El destino

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Pegué un escupitajo al aire y le calló en el pelo, entonces me pareció motivo suficiente para asegurar que algún día seríamos novios.
Unos años más tarde, le di un beso furtivo y su mano saltó sobre mi cara como una trampa de liebres. Me quería, eso estaba claro, pero ¿cuando pensaba decírmelo?
Cuando el cura nos dio la bendición, me entregó un anillo con las iniciales T.Q. grabadas en el interior. Faltaban unas cuantas letras pero íbamos por buen camino.
Ayer, antes de cerrar los ojos para siempre, se mojó los dedos con saliva y me peinó la calva con ternura. Y por fin reconoció que me había querido toda la vida.

Muerto de una vez

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Federico Martínez se despertó con la boca amarga y la garganta seca, y decidió morirse sin más, de buena mañana. De haber tomado un café igual se hubiera venido arriba, porque el desayuno le reconfortaba mucho, pero consideró más apropiado palmar con el estómago hueco.
Como no era hombre de complicarse la vida, simplemente dejó de respirar y se murió finamente, no dijo ni mú. Estuvo más de un día tieso como una vela sobre la cama, al segundo miró el reloj de la mesilla con el rabillo del ojo, y al tercero decidió levantarse, porque en el trabajo debían comenzar a echarle en falta.
Tenía una cara de muerto horrible, así que se afeitó a conciencia y tomó una buena ducha antes de salir por la puerta de casa. En la oficina le aguardaban inquietos porque no había faltado a su puesto en 24 años de oficio, así que recibieron la noticia de su muerte con cierta tranquilidad. -“Decía yo, Don Federico, que usted no falta si no es por un buen motivo, nos ha dado usted un susto horrible”.
Todos parecían ya calmados cuando se acercó una administrativa joven y le advirtió que tenía mala cara.
-“Algo pálido sí estoy, pero digo yo que lo normal de un muerto”, se inquietó Federico.
-“Uy, qué va, le dijo la chica, -a mi tío lo enterramos hace un año y se mantuvo sonrosado hasta el último responso. Lo amortajaron con mucha gracia, incluso le dejaron una ceja arqueada para darle más empaque. Hágame caso, Don Federico, vaya a ver al médico que esas cosas son muy traicioneras”.
Con una inquietud mal disimulada, Federico Martínez se fue al médico de cabecera y pidió un diagnóstico: -“Parece un caso de catalepsia, ¿tiene usted antecedentes familiares?”.
-“Pues no sabría decirle, pero no me asuste, ¿no me moriré de esto?”, preguntó Federico.
-“No sufra, que muerto ya está”.
-“Me quita usted un peso de encima”, dijo Federico aliviado.
-“Pero se ha muerto usted sólo un poquito. Tesón y paciencia, don Federico”, concluyó el médico.
Angustiado por la visita, el difunto apenas abrió la boca para preparar el funeral con los familiares. Algo discreto, sin pompa ni boato, tirando a entrañable. Planchó el traje de los domingos con la raya del pantalón bien marcada y las puntas de las solapas almidonadas, se calzó los zapatos de charol y fue recibiendo en el velatorio a la parentela.
“Qué disgusto más grande”, se comentaba en los corrillos, “el pobrecito se muere como Dios manda y a última hora le descubren una catalepsia”. “Y es que no somos nadie, Federico”, le reconfortaban los amigos, “quién te iba a decir a ti que esa palidez y ese frío en el cuerpo no eran de muerto, sino de una catalepsia que ya te latía por dentro”.
Fue tan buen muerto como había sido en vida, todo un caballero. Consoló a los familiares más afectados, agradeció la presencia a todos los visitantes, incluso a los de compromiso, y mantuvo siempre la cabeza gacha, como avergonzado por sentirse protagonista de su propio entierro.
Lo último que hizo antes de retirarse hacia el ataúd fue saludar educadamente a los portadores del féretro y despedirse con la señal de la cruz. Partieron en silencio hacia el campo santo y allí lo introdujeron en el nicho familiar, bajo un manto de coronas de rosas y crisantemos.
Después de dos días de duelo, el cortejo fúnebre abandonó el cementerio con la cabeza baja y susurrando entre ellos: “...el pobre se ha ido pensando que padecía una catalepsia, y resulta que estaba bien muerto. No puede uno fiarse de los médicos”.

Verónica

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Hace seis años que sigo a Verónica y comienzo a sospechar que me miente.
La descubrí en las últimas páginas de un periódico, se reconocía una cuarentona atractiva, casada pero felizmente infiel, francamente cachonda, con unos enormes pechos sonrosados y unas caricias a precio de ganga. Cerraba su cita con un teléfono que, sin proponerlo, me he aprendido de memoria.
Al principio pensé que Verónica no era una profesional, sólo quería sexo sin amor de andar por casa, pero seguí frecuentando su página a diario y ella nunca faltaba a la cita. Seis meses después mi teoría se desmoronaba, su anuncio seguía ahí, le picaba demasiado el higo. Al año y medio tuve que reconocer que era puta.
Pasaron los años, dos, tres y hasta seis, y Verónica sigue reconociéndose tan cuarentona y atractiva como siempre, tan felizmente infiel, con el cariño igual de barato. Por ella han pasado los hombres, pero no los años, y sigue citándose en la página con extraños que nunca le prestarán tanta atención como este extraño.
Si alguna vez fue sincera conmigo, ahora rondará los cincuenta, tendrá las tetas por el ombligo y las ingles roídas por el amor. Pero puede ser que me engañase desde un principio, y Verónica sea mucho más mayor, una puta infeliz que gime una jubilación, con los pechos amargos como la quinina y las caricias gastadas como una goma de borrar.

Arrabal

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La señora Paca descolgaba las tetas por la barandilla del balcón, regando la calle con el agua sucia de la fregona. Los hombres silbaban desde el bar y ella escupía al vacío simulando desprecio, retando a un valiente que devolviese a su casa viuda el aroma de masaje de afeitar, pero nadie tomada la alternativa.
Yo miraba a doña Paca sentado en mi balón, con los codos sobres las rodillas y la cabeza reposada en las palmas. También veía a doña Úrsula tejiendo mantelerías. Enrollaba la madeja en una silla y se pasaba las tardes con las agujas hasta que subía por la calle su marido, el Pericón, borracho como una cuba y resoplando aguardiente de Zalamea.
Cayendo la noche tomaba la esquina Carmelilla la Porteña, una argentina que pasó por Cuba buscando mejor condición, y reculó hasta España con un negro sandunguero que le dejó un regalito en la panza. El cubano se fugó a los cuatro días, y ella tuvo que alquilar sus muslos para dar de comer a la parentela.
Cuando Carmelilla se aburría, cruzaba la acera hasta mi portería y me susurraba con voz de miel: "¿Qué miras corazón, quieres soplarme la bemba?", y yo corría hacia el interior escupiendo como doña Paca, y ella chutaba calle abajo mi pelota.
Después se alejaba riendo a carcajadas, y yo volvía a recoger mi balón pasando por su esquina hedionda a perfume de mora, y por delante del bar que olía a tabaco y a loción, y por la pescadería de Antonio Antón, donde las mujeres compraban jurel, pedían manojos de perejil y se contaban sus cosas.

El sostén de Ángela

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Aquel verano yo estaba dispuesto a cualquier cosa, desde mear en el depósito de agua a cambiar el champú por aguarrás, todo con tal de que mis padres me encerrasen en la galería. No pude ir ni una sola tarde al cine, pero lo cierto es que yo andaba mucho más interesado por aquella ventana que daba al patio de luces.
Desde allí podía ver la habitación de Ángela, con la ventana abierta por el calor y la cortina recogida o medio echada, según el día. Ángela tenía mi edad pero parecía mucho más mayor, me sacaba una cuarta de altura, le había salido pelo en los sobacos y las madres decían que le había cambiado el sudor, mucho más dulzón.
Una tarde me encerraron en la galería por romper un cántaro con la pelota, y desde allí descubrí el amor y las calenturas. Ángela apenas tenía pechos, pero a mí me parecieron los más grandes del mundo mientras ella jugaba, semidesnuda, probándose los sostenes de su madre. Volvió a hacerlo la siguiente tarde, y esa vez tuve que embozar el váter para verla desnudarse de su infancia y vestirse de mujer. Cada tarde forzaba mi castigo con empeño: quemar la colcha, tirar el cazo de la leche o cortarme el pelo a trasquilones.
Las tardes que Ángela no acudía a probarse los sostenes me sentía un auténtico idiota, pero al día siguiente inventaba una nueva fechoría para asomarme a su escote. Cuando había suerte, asistía al espectáculo boquiabierto y con las piernas apretadas, como si me estuviera meando, sólo que no me meaba. Y así fue hasta una tarde en que la madre de Ángela me descubrió asomado a la galería y me acertó en la cabeza con una naranja. Más que el golpe me dolió la vergüenza, y nunca más volví a espiarla.
Estuve un mes castigado estudiando en una habitación sin ventanas. Sé que también castigaron a Ángela por probarse la ropa de su madre, sólo que a ella acabaron comprándole un sostén, y yo tarde unos años en recuperar aquel calor de los muslos y las ganas de orinar sin ganas.

La concha vacía

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La mujer que quiso ser feliz tiene las manos más ásperas que la piedra pómez.
Repasa el lavabo con la gamuza y enjuaga la concha de los jabones. Su marido recogió esa caracola en una playa de Galicia, dijo te quiero en el interior y la tapó con la mano, para que nunca se escape el mar ni el amor, le dijo, de este viaje de novios.
De eso hace más de 40 años, y ahora ronca en la habitación mientras su mujer limpia el lavabo. La concha aún encierra el recuerdo, pero ella casi preferiría que los jabones hubiesen borrado su huella, porque así no estaría frente al espejo comprobando que sus ojos han perdido brillo y que el futuro ya no es lo que era.
El vapor del agua caliente nubla el espejo y su imagen se desfigura para recobrar por un momento la silueta esbelta de los años mozos, los pechos que ofrecen abrigo, los labios que cambian besos. La concha está allí, tan repleta de mar y de amor, y sobre el espejo empañado aparece también su marido, plantado a su espalda, ella se encoge esperando un abrazo, pero el abrazo no llega.
El hombre cruza hacia la derecha, se detiene frente al retrete y le da los buenos días mientras orina salpicando el filo, e incluso fuera. Ella intenta una sonrisa, y al borrar con la gamuza el vapor del espejo, descubre que es tan triste como la concha que acaba de tirar a la basura.

La muerte y el jamón

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Entré en la cocina con la intención de quitarme la vida, abrí el cajón de los cubiertos y saqué el cuchillo más afilado. Me ataqué el brazo como si fuera un violín, pero me tembló el pulso y le asesté un puyazo al jamón. Cayó una loncha limpiamente, tan fina y jugosa que se me inundó la boca y tuve que hacerme un bocadillo.
Qué jamón, me decía interiormente, si parece que se deshace en la lengua. Y ese tomate en el pan, y ese chorrito de aceite, con ese puntito de sal que da el jamón de jabugo.. Al llegar a la mitad del bollo me entraron unas ganas inmensas de vivir, pero en uno de los últimos bocados tiré del jamón con el colmillo y dejé el mendrugo más seco que el ojo de un tuerto. Se me calló el alma al suelo, y me metí una mojada en la panza que se asustó hasta el cuchillo.

LA vuelta del aparcero

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El padre de mi amigo Antonio vuelve al pueblo cada año por vacaciones, y lo primero que hace es darse un paseo para comprobar cómo han cambiado las cosas.
Siempre descubre una calle nueva, el edificio que han levantado sobre la antigua botica de Don Andrés o lo mucho que ha prosperado el comercio de Muñoz Fernández.
Antes de volver a casa hace un alto en la tasquita del 'Bicho' y se sienta al fondo con un chato de vino sobre la mesa. Espera allí hasta pasadas las doce, cuando se deja caer Don Aureliano Canales, al que encuentra más viejo, más sólo y con menos Don, pero igual de soberbio que en los años de la posguerra.
Aquel señorito terrateniente reunía a los mozos en la plaza del pueblo y elegía a sus aparceros golpeándoles con una vara en el hombro. Entonces soñaba con volver un día y hacerle tragar el bastón, pero hoy se contenta con sentarse en la mesa de al lado, mirarle a los ojos y decirle al 'Bicho' que le sirva al Aureliano una botella de manzanilla, que paga el señor.
Aureliano Canales quiere reconocer la cara del que le convida, pero no recuerda, y le da las gracias con la cabeza mientras el padre de mi amigo Antonio desaparece por la puerta. Sabe que el viejo anda tocado del hígado y tiene prohibido el alcohol, por eso sonríe al torcer la esquina y susurra entre dientes: Así reviente el cabrón.

Rubén Blades

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Nada más subir al metro de Nueva York me encontré con Rubén Blades. Pantalón de lino, pañuelo al cuello y un sombrero ladeado, me fui para él y le saludé con un ¡Hola Rubén, encantado! Tendí la mano buscando sus ojos tras las gafas, pero él no copió la cortesía.
Justo cuando retiraba la mano, Rubén me enseñó una pieza de oro de su media sonrisa, se inclinó hacia mí y me asestó un navajazo en la barriga que se asustó hasta el cuchillo.
Tapé el siete con un pañuelo y me retiré al fondo del vagón. Disculpa Pedro, le grité mientras se apeaba, te había confundido.

El encierro

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Queridos mozos,
Hoy no he podido ver el encierro, porque esta empresa opresora para la que me prostituyo me obliga los viernes a comenzar el servicio una hora antes. Sin embargo, he aprovechado el trayecto en metro (dejé la moto) para protagonizar un encierro memorable.
Entrando a la boca del metro he cogido un periódico de esos que regalan, lo he doblado convenientemente y me he ajustado los cordones de las zapatillas. He estado calentando durante todo el trayecto desde Maragall a Sants, haciendo estiramientos, esprintando por el vagón. Llegando a la parada, me he girado hacia un gordo con barba y le he cantado tres veces, encomendándome al santo patrón. Después se han abierto las puertas y ha comenzado el encierro. Todo el pasillo de Sants, trasbordo de una a otra línea, conduciendo a los cientos de morlacos que caminaban hacia coso laboral.
He repartido golpes de periódico por doquier, algunas, las más bravas, se giraban apuntando al pecho con sus pitones, pero en general había mucho cabestro y bastantes mansos.
En la esquina de la línea verde con la roja se me ha cruzado un mozo y casi me empitona un bicho de 600 kilos. Tenía más cara de gorrino, pero a mí no me engaña, ese estaba toreado. Me he ceñido a una papelera, le he dado un quite prodigioso con la chaqueta y el muy resabido no ha cogido el engaño. Los pitones me han pasado rozando el pecho y cuando ya pensaba que estaba a salvo, me ha atizado una hostia con la mano abierta, arrebañándome el pescuezo.
Por fortuna me he rehecho, y ayudándome con el periódico he conducido a toda la manada hasta los vagones de la línea roja. Allí he cogido el capote y los he me metido por la puerta del chiquero con lances que han puesto de puntillas al respetable. Una chicuelina, una larga cambiada enlazada con media verónica y rematando por gaoneras. Todo el andén puesto de pie y pidiendo el justo premio de las dos orejas.
Sabe Dios que yo no quería, y doy fe de que lo he pasado mal cuando el público ha saltado al ruedo y le ha cortado el rabo a un pobre oficinista de 40 años. Por no hacerles un feo, me he tenido que venir al trabajo con la verga de ese infeliz guardada en el bolsillo. A ver qué hago yo con esto.

La soga

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Mi Antonio dormía cada noche con una soga bajo la almohada. Por la mañana, mientras desayunábamos en la cocina, señalaba una encina del parque y me recordaba: "si algún día no llego a la hora de comer, estaré allí colgado". Después guardaba la cuerda en el maletín, apuraba el café de un sorbo y salía hacia el trabajo.
Aquella mañana me entretuve cocinando una pata de cabrito y se me fue el santo al cielo. Cuando vi que pasaban diez minutos de las dos, le di la espalda a la ventana de la cocina y me senté en el comedor. Llamé a mi hijo y le dije que fuese a buscar a su padre al parque. Cuando descolgaron el cuerpo de mi esposo ya estaba vestida de luto.

Teléfonos de segunda mano

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Al comprar el piso me dijeron que la forma más económica de instalar una línea telefónica era acordar un cambio de nombre con el anterior propietario. La inmobiliaria me ayudó en la gestión y a los pocos días ya recibía llamadas en mi número de segunda mano. Casi todas buscaban contactar con el antiguo inquilino, Marcos Maldonado, lampista de profesión y con un negocio viento en popa.
Como aún nos quedaban por resolver unos flecos del contrato, yo le tomaba los recados como un secretario, esperando poder transmitírselos en la próxima reunión. Sin embargo, una tarde encontré en el contestador el mensaje de la tía Mercedes, no la mía, sino la suya, avisando a Marcos de que el tío Luís estaba en las últimas. Solicité a la inmobiliaria el teléfono del señor Maldonado, adopté un tono afectado, y le avisé de que su tío Luís había sufrido un achaque.
El tío Luís no duró más que unos días, porque al poco me dejaron un mensaje en el contestador los parientes de Burgos. No sabían dónde estaba el tanatorio de Barcelona y querían llegar a tiempo para darle sepultura. De nuevo llamé a
Maldonado, pero debía estar en el velatorio, así que me vi en la obligación de llamar al teléfono que habían dejado los primos de Burgos. Como no conocían la ciudad, yo mismo les acompañé al cementerio, allí encontré a Maldonado, al malogrado tío Luís y a toda la familia de Burgos y Segovia, a los que me presentaron como un amigo. Desde entonces se ha estrechado nuestra relación, nos llamamos el día uno para desearnos un feliz año nuevo y también por los cumpleaños.

Curiosidad

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A diario desayuno en el mismo bar, un zoológico urbano en el que se mezclan empresarios que mojan el meñique del cruasán con elegancia, albañiles con bocadillos envueltos en papel de plata y los primeros borrachos del día, los que empiezan con el sol y se acaban bebiendo hasta la sombra.
Ninguno de ellos parece escuchar el timbre del teléfono público que está colgado junto a la barra, suena insistentemente de 8.30 a 8.35 minutos de la mañana, cada día, con la misma puntualidad que el panadero sirve las barras y el ciego se instala con los cupones junto a la puerta de la cafetería.
Ayer me pudo la curiosidad y decidí descolgar el teléfono. Contesté con un "¿Sí?" bastante tímido, y recibí por respuesta un seco "gilipollas". Miré a mi alrededor por sí alguien me estaba observando, todos seguían enfrascados con el cruasán o el salchichón, dejé el teléfono en su sitio y me escurrí hacia la puerta. Hoy he pasado de largo.

El paraguas de Bautista

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Lo cierto es que el señor Bautista nunca salía a la calle sin su paraguas, y eso debían saberlo los mayores que habían compartido vecindario durante 40 años. Sin embargo, durante los últimos meses se había producido una curiosa coincidencia: cuando el señor Bautista salía a pasear con su paraguas, nunca llovía.
Calzado en unos pies torpes y con la espalda de media luna, Don Bautista no abandonaba su vivienda más que para las cosas imprescindibles, básicamente comprar tabaco, del resto se ocupaban sus hijos. Tres o cuatro días por semana se le podía ver por el paseo que conduce al Estanco, siempre apoyado en aquel paraguas con el mango nacarado que, a falta de lluvia, empleaba como bastón. ¿A dónde va con el paraguas con el sol que hace?, le preguntaban los vecinos, y don Bautista respondía “a ti qué carajo te importa”.
Sería por aquellos desaires, al fin y al cabo cosas de viejos, o quizás porque las personas se vuelven irritables cuando la lluvia no limpia el ambiente, pero alguien tuvo un mal presentimiento que relacionaba el paraguas del señor Bautista con la ausencia de nubes. El chisme fue prendiendo entre el vecindario como una chispa en un bosque de verano, cada cual abonaba con presunciones la ya indudable mala sombra de don Bautista, y al fin tomaron una determinación: había que robarle el paraguas al viejo.
Previsible como era el anciano, la operación fue sencilla. Aprovecharon un viaje al Estanco para fingir un encontronazo, uno de ellos topó con el abuelo, otro chutó el paraguas hacia la calzada y los coches hicieron el resto: uno tras otro pisotearon las varillas y el mango nacarado hasta que la sombrilla quedó como un colador. Don Bautista asistió al destrozo con ojos de espanto, se quedó allí plantado como un ciego en la puerta de un cine, y no supo reaccionar hasta que escuchó el primer trueno. Aligeró el paso cuanto pudo, incluso adelantó a los vecinos que ahora se divertían al verle desarmado, pero no llegó a tiempo. Una intensa lluvia comenzó a barrer las calles y el señor Bautista no encontró resguardo, el agua le mojó la frente, después el pecho y finalmente los pies. Las gotas desvanecieron su color, la pintura de los ojos se corrió arrastrando la sonrisa hasta el suelo, y poco a poco se fue arrugando, derramándose como una mancha sobre la acera, porque don Bautista era de papel.

El enjugador de lágrimas

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El hombre enjugador de lágrimas decidió poner fin a su contrato con el mundo de las cosas previstas. Se introdujo en la botella de las frases que nunca se dicen, y armado con una fregona, se encargó de secar el suelo bañado por una sopa de letras.
Al final de la jornada tenía que entregar en la oficina de palabras perdidas todas las que había recogido en su palangana, pero él se guardaba en el delantal las letras que nadie quería, las que habían quedado sueltas. Por las noches, cuando nadie le veía, juntaba las piezas e inventaba palabras como Azulame o Lucirel, según la recolecta, y en un mundo imaginario, a miles de sueños de allí, nacía una niña preciosa con ojos de fresa, digna de llevar ese nombre, o alguien inventaba una vacuna llamada Lucirel, capaz de erradicar para siempre la soledad y la tristeza.

La foto

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En el primer intento, el transeúnte nos cortó las cabezas, en el segundo consiguió un recuerdo: Madrid de fondo, gente a nuestro alrededor, tú camiseta gris, yo pantalones cortos, y una sonrisa a la que siguió un beso, aunque eso ya no se puede ver en la foto.
Te va a parecer extraño, pero aún llevo el retrato en la cartera. Acostumbro a mirarlo casi a diario, es la única forma de acercarme a ti que conozco.
Más bien de acercarme a nosotros, porque hasta este momento, nada había cambiado en la foto. Sin embargo, hace un instante la imagen ha comenzado a moverse, la gente ha recobrado el paso junto a nosotros. Tú y yo seguíamos parados. Después ha aparecido un taxi, igual a aquel otro en el que te vi guardar las maletas, pero esta vez se ha ido sólo.
Tú y yo hemos permanecido juntos hasta que se ha hecho de noche. Lamentablemente, no había alumbrado público en aquella calle de Madrid y sólo he podido ver algunos destellos de nuestra silueta cuando pasaban los coches. Al salir el sol me había quedado solo.
Pese a tu desaparición, yo seguía con mi estúpida sonrisa y los pantalones cortos. Pasaban los coches, los perros, personas, pasaban las horas y no había rastro de ti a mi alrededor. Por fin me ha parecido reconocerte al fondo, justo en la otra acera de la calle, en la parte superior derecha de la foto. Caminabas lentamente hacia el centro de la imagen cuando has parado a un transeúnte para que te hiciera un retrato. Entonces te he visto abrazarte a otro hombre, el fotógrafo ha disparado dos veces y en la segunda el destello del flash me ha cegado. Un segundo después, yo ya no estaba en la foto.

Las manos

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Tomé un sorbito de café mientras le cambiaba el filtro a la cafetera. De tanto sudar por los costados, el café había dejado una costra negra que se resistía a las friegas de nanas y mistol.
Después recogí la cocina y limpié los mármoles con desengrasante. El producto irritaba como la cebolla y me dejó las manos tan ásperas que podía frotar sin estropajo. La piel se reblandeció otra vez cuando la puse en remojo en la taza del váter. Limpié todo el baño con lejía, fregué el suelo con abrillantador y borré las huellas de las ventanas con un líquido limpiacristales.
Dos horas después, mis manos habían envejecido diez años. Las unté de crema y, de repente, cobraron un olor familiar. Un aroma que me recordaba a cuando era niño, como el olor a cordero que sube los domingos por el patio de luces, o el perfume a jazmín del patio de mi abuela.
Aquella mezcla de lejía, mistol, crema y desengrasante me resultaba extrañamente agradable. Olía como mi vida, como mi casa, porque aquel era el olor de las manos de mi madre.

Luciérnagas rojas

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Omar y Rashid parecen cerillas corriendo sobre una lija. La tierra del suelo arruga el aire como el aceite hirviendo, pero los chiquillos no dejan de correr tras la pelota. Aparecen tras una casa de adobe y se pierden detrás de la otra, en un nudo de piernas, sudor y empujones. Como siempre es un partido sin porterías, compiten por mantener el balón entre los pies, y el partido acaba cuando ya no pueden más, en una posesión final que gana el que consigue sentarse sobre la pelota.
Hoy ha ganado Rashid, que descansa sobre su trono de cuero mientras el sudor le derrite una cara de chocolate. De repente algo llama su atención, un par de luciérnagas rojas que se acercan hacia ellos, bailando sobre el calor.
Nunca había visto luciérnagas de día, y de hecho tampoco nunca las había visto rojas, por eso Rashid y Omar las miran con ojos de red y de trampa.
Las luciérnagas siguen paradas en el mismo punto, agitándose nerviosamente sobre la arena. Los chavales se han levantado lentamente y se acercan hacia ellas con sigilo, como han hecho otras tantas veces para cazar saltamontes.
Pero las luciérnagas son mucho más rápidas que los cigarras, y de repente una salta sobre el tronco de un árbol mientras la otra se posa sobre la pared de una casa. Omar y Rashid se hablan con la mirada, tú vas a coger esa y yo me ocupo de la otra. Omar le lanza tres ataques por la espalda, pero la polilla parece ver sus intenciones y salta de un lugar a otro evitando la emboscada. Rashid se mantiene a la espera, concentrado en el compás del insecto, buscando un punto por el que pase dos veces para tener la mano cargada cuando llegue tercera, y por fin lanza un revés que acierta de lleno a la bombilla roja.
-¡La has matado¡-, le dice Omar, -¡eres un bestia¡. Rashid sigue con la mano pegada al tronco, esperado alguna sensación que no llega, un roce, un zumbido, unas alas que le hagan cosquillas. Nada. Al levantar la mano no hay nada, se giran rápidamente y las encuentran un par de metros más allá, enredadas en una baile burlón de tú-no-me-coges.
Se desata entonces una carrera alocada de fintas y pisotones, patadas al aire y manotazos sin suerte. La caza se ha convertido en un reto, pero sobretodo en una diversión, tanto que Omar y Rashid han dejado olvidado el balón e intentan contener la risa porque la fuerza se les va por la boca.
Después de unos minutos de persecución, las luciérnagas deciden cambiar de estrategia y corren hacia los chiquillos, que se quedan clavados sobre la arena. -¡Van hacia ti¡-, le dice Omar a Rashid, -no te muevas, estate quieto que son tuyas. Efectivamente, las dos luces avanzan lentamente hacia Rashid, que sigue sus movimientos con atención: se acercan a los pies, ascienden por sus tobillos hasta las rodillas, y de allí pasan a las palmas de las manos.
Rashid las extiende hasta formar una cruz, y por primera vez sonríe mientras dedica a su amigo una mirada de poder y satisfacción: -Mírame Omar, soy un domador de luciérnagas, mira como bailan sobre mis manos.
Las bombillas rojas parecen dominadas por Rashid, juega con ellas como si las tuviera hipnotizadas, aplicándose en un baile extraño y fascinante que mantiene a Omar con la boca abierta. Un segundo después parece que los insectos despiertan, desatienden el compás que marca Rashid y comienzan a danzar por el pecho y el cuello, para posarse finalmente, una junto a la otra, entre medio de las dos cejas.
Omar no pueden contener la carcajada por la ocurrencia de las luciérnagas, justo cuando suenan dos disparos y la cabeza de Rashid estalla frente a lo ojos de Omar, sobre sus dientes blancos y la frente sucia, sobre el pecho descubierto y las cuentas de su collar. La sangre se coagula antes de llegar a la tierra. La pelota olvidada, teñida de rojo, casi parece un corazón.

Las cosas que nunca te dije

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Nuestros silencios eran tan largos, se me quedaban tantos pensamientos enredados entre los dientes cuando me dejabas con la palabra en la boca, que comencé a escribir en un cuaderno las cosas que nunca te dije. Conversaciones que nunca tendríamos, aunque cada día, en el camino del trabajo a casa, repasara el discurso de memoria.
Al principio apuntaba frases sueltas, algunos reproches serios, pero sobretodo detalles que leídos así, medio sueltos, no parecía que tuviesen mayor importancia. Cuanto menos hablábamos, más páginas escribía; la historia de lo que siempre debimos ser, la fórmula que nos hubiese permitido ser felices, estaba plasmada allí, sin incógnitas. Solo que ya no había forma de hablar, porque al secarse el corazón se nos había cosido la boca, no sé si antes después, o qué cosa condujo a la otra.
Pronto escribir se convirtió en una obsesión, ya ni siquiera intentaba compartir mis pensamientos, tenía la convicción de que yo no acertaría a contarte o que tú no entenderías, mientras las palabras se ordenaban sobre el papel como si hubiesen estado escribiendo de nosotros toda la vida.
Un día te vi hacer las maletas, no cogiste nada de la habitación, pero tuviste que sentarte sobre ellas para ceñir las correas. Cuando bajabas por las escaleras, el fondo de una de las bolsas cedió y una docena de cuadernos se desparramaron por las baldosas, ni siquiera te diste la vuelta. Todas las libretas tenían el mismo título escrito en la cubierta: Las cosas que nunca me dijiste. Al salir por el portal, una bocanada de aire subió por el hueco de la escalera, como si alguien hubiese perforado un bote de conservas.

Las arrugas de mi padre

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Mi padre se arrugó cuando yo nací. Eso, al menos, era lo que mi madre le echaba en cara de vez en cuando. Viéndole en su butaca de cuero, con la bata de andar por casa y el periódico en las manos, parecía imposible que aquel hombre hubiese dudado jamás. De hecho, a mis ocho años, yo veía a mi padre capaz de todo, menos de dudar.
Pero se arrugó de nuevo. Estaba sentado en su trono, repasando los papeles, mientras yo leía a sus pies “el abominable hombre de las nieves”. Le pregunté el significado de abominable mientras observaba el dibujo de aquel monstruo peludo. No levanté la cabeza hasta que repetí la pregunta por tercera vez. Desde aquella perspectiva, el periódico me parecía más grande que nunca y él, más pequeño.
Saltó de la butaca con la excusa de ir al lavabo, pero le vi perderse por el pasillo en la dirección opuesta. Le encontré en la habitación de los libros, con un diccionario en las manos. Cuando me vio junto a la puerta, puso la misma cara que yo cuando me descubrían haciendo algo malo. Como si el abominable fuera yo.

Abnegación

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El señor Andrés atravesó la portería caminando por fuera de los periódicos. Por la mirada de mi madre, supuse que no era la primera vez que borraba sus huellas. Al poco bajó su mujer, dejando un sello de tacón alto en el suelo.
Mi madre no siquiera levantó la cabeza. Arrodillada frente al cubo, sumergió la gamuza en el agua y borró su rastro.
-Mira-, dijo el señor Andrés señalando a mi madre, -mira con qué abnegación trabaja la chica. Al fin parece que nos salió buena-.
Lo primero que pensé es que se refería al detergente, pero mi madre sólo limpiaba con lejía y jabón lagarto.
Supuse entonces que se refería a la posición, y que aquello de abnegación debía ser como arrodillarse, pero más elegante.
Le pregunté a mi madre, pero no respondió. Por un momento, me pareció que se estaba arreglando el pelo, pero al darse la vuelta, descubrí que se estaba recogiendo las lágrimas con una horquilla. Con el delantal secó un par de gotas del suelo.
Abnegación solo podía significar una cosa: que aquel tipo era un hijo de perra.

El abrelatas

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Hasta los tres años, sólo me dejaron jugar con las cucharillas. Con el tiempo me hicieron encargado de poner la mesa, y así tuve acceso a la cubertería pesada: tenedores, cuchillos y cucharas. Eso sí, cuchillos de los que no cortan. Los buenos, el del pan, el del jamón y el machete con el que mi madre serraba los huesos, estaban lejos de mi alcance.
Pero hasta esos fueron cayendo poco a poco. Tan sólo se me resistía una pieza: el abrelatas. Yo me arrimaba cada vez que se atacaba una lata de conservas, pero nada. Me moría de ganas de agarrar aquella máquina por las orejas y rebanarle el pescuezo al bote de berberechos. No se si mi madre tenía miedo de me cortara o de que le echara a perder media despensa.
Y al final me quedé con las ganas. No sé si el abre-fácil llegó demasiado pronto o yo me atreví demasiado tarde, pero cuando quise darme cuenta, la anilla se había convertido en las reinas de las latas y el abridor estaba guardado junto a la licuadora, en el armario de los electrodomésticos que nunca se utilizan.

El diccionario

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El terrateniente confió a mi abuelo el cuidado de la hacienda y se fue a vivir a la capital. Lo único que le dejó como pago fue un gran diccionario ilustrado. Mi abuelo no sabía leer, así que encontró al libro una mejor utilidad: cada mañana, antes de salir hacia la finca, arrancaba una página del diccionario y se envolvía el bocadillo.
En cualquier caso, mi abuelo nunca perdió el respeto por aquel diccionario, y poco antes de su muerte, nos lo regaló a mí y a mi hermano asegurando que “algún día sería de gran valor”. Podría haber dicho utilidad, pero dijo valor, y nosotros dedujimos que aquel libro, pese a faltarle unas páginas, algún día valdría un dineral.
Como casi nunca que teníamos algo de valor, fuimos incapaces de acordar quien lo guardaba, así que lo repartimos a partes iguales. Rompiéndolo en dos mitades tocábamos a 750 páginas por cabeza, pero la primera mitad sólo incluía 8 letras (de la A a la I), y en la otra parte quedaban las 18 restantes. No nos convenció ese reparto, y entonces peleamos, una a una, cada letra del abecedario. Repartimos sin disputas las últimas letras, la V, W, X, Y y Z, porque cualquiera que fuese el valor de aquel libro, era evidente que no podía depender de aquellas iniciales con tan pocas palabras.
Luchamos duramente por las consonantes, casi llegamos a las manos en el turno de las vocales y la negociación se atascó finalmente con la primera letra del abecedario. La A tenía muchas páginas y palabras que nos parecieron muy importantes, como “abizcochado”, “aceleratriz” o “admonición”. Las peleamos una a una. Yo me quedé con la página de “acordeón”, porque siempre quise tener uno, con el “asma” que padecía desde chico y el “archimillonario” que nunca podría ser. Mi hermano se adjudicó la cuartilla de “aerolínea”, que valía por dos, porque incluía “aerofagia”, y las hojas de “austrohúngaro”, “arquero” y “arañazo”.
Al final sólo quedó sobre la mesa la página encabezada por las palabras “abyecto” y “abyección”. Antes de poder mirar su significado, mi hermano la arrancó de un tirón y me dijo que “abyecto” era lo mismo que imbécil, y que a nadie le gusta una palabra que te explica que eres imbécil, de manera que no pagarían por ello. Nunca sacamos un duro de aquel diccionario, pero el abuelo estaba en lo cierto, el libro tuvo un gran valor: aquella tarde quedó claro quien era el más abyecto de los dos.

El rastro

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La convivencia se mide en pelos. En la ducha, en la almohada, en la ensalada. Siempre había un pelo suyo sobre la mesilla de noche, o una pestaña incrustada en la bola del ratón del ordenador.
Pero siempre eran sus pelos, sus uñas, sus escamas, nunca los míos, como si yo no dejara huella de nuestra relación. Meses después de que se fuera, aún encontraba sus migas por la habitación. Fue entonces cuando apareció mi propio rastro: un cabello entre las sábanas, caspa en la almohada, una mancha de saliva en el colchón.
Pronto deduje que eran los ácaros. Dividimos nuestras pertenencias sin problemas, se llevó el vídeo, la lámpara que compramos en Suiza y la butaca del comedor, pero sin avisar, también se había llevado mis ácaros. La llamé indignado reclamando mis ácaros y me dijo que no tenía nada mío, ni un buen recuerdo. La realidad era más triste: ya no me querían ni los que se alimentaban de mí.